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Demasiada diferencia de edad hace que cuando pase el enamoramiento y llegue la rutina, no haya nada en común que mantenga viva la relación.

Por Lila Ochoa

En el tema de las relaciones uno nunca acaba de aprender. Históricamente, las mujeres han buscado casarse con hombres mayores, pues así garantizaban su supervivencia y muchas veces su estatus social. Cuando los padres tenían el derecho a decidir sobre la vida de sus hijas siempre llegaban a esa conclusión: un hombre maduro es sinónimo de estabilidad y seguridad. Las costumbres cambiaron y se impuso el matrimonio por amor. Las mujeres se independizaron y muchas de ellas prefirieron escoger pareja por sus sentimientos y no por razones económicas. Sin embargo, todavía quedan muchas que prefieren no trabajar y que las mantengan. Sin querer generalizar, muchas jovencitas se deciden por un hombre que les dobla la edad pensando en que la diferencia no importa. Piensan que es mejor tener una vida cómoda y un marido que les dé joyas y lujos. Pero la realidad no puede ser más distinta. Pues cuando pasa el enamoramiento, llega la rutina del matrimonio y no hay nada en común que mantenga viva la relación.

Las personas crecen con unas referencias y eso moldea la vida de cada uno. Cosas como la música, los libros, los personajes y los sucesos de cada generación crean unas historias comunes que permiten establecer lazos duraderos. Pero si a mí me gustan Elvis Presley y Tony Bennet, y al otro Justin Timberlake, no creo que sea posible un imaginario, no hay un lenguaje común que nos permita entendernos.

Leyendo acerca de otro divorcio más en Hollywood, algo que no debería ser una gran noticia, me puse a meditar sobre los cambios sociales que estamos viviendo y cómo se están afectando nuestras vidas. La actriz Demi Moore, de 48 años, se cansó de las presuntas infidelidades de su marido, Ashton Kutcher, de 33, y le pidió el divorcio. La pobre se pasó seis años en un régimen de ejercicios, tratamientos de belleza que no le dejaron tiempo para otra cosa. Dejó de hacer cine y su carrera se acabó. En lugar de divertirse, la inseguridad de estar casada con un jovencito absolutamente divino, la obsesionó por mantenerse bella y joven, y no tuvo cabeza para nada distinto. Nadie dice que al envejecer hay que descuidarse, pero tampoco creo que se justifique esa batalla inútil por detener el tiempo. Los gringos llaman a este tipo de mujer cougar, “puma” en español. Una mujer poderosa y linda que piensa que tiene el derecho de gozar, de volver a sentir mariposas en el estómago y de creer por un instante que todavía sigue siendo joven. En teoría algo que a todas nos fascinaría, pero cuyo precio, creo yo, es demasiado alto.

La presión para verse sensual –más que sus contemporáneas–, para estar en forma y para no tener ni una arruga, es grande. Todo para que no la acusen de “asaltacunas”. Se imaginan el susto que uno debe sentir cada mañana cuando uno se despierta pensando en que de pronto ese jovencito que duerme al lado, piense que uno se parece a su mamá. Para acabar de completar, la carrera artística de Kutcher despegó, ahora está ganado mucho dinero y ya no depende de ella. Por el contrario, ahora Demi se enfrenta a una demanda de divorcio por 290 millones de dólares. No solo le costó su carrera, su estima personal, sino parte de su fortuna, pues, aunque la cifra final no sea esa, sí va a ser una fuerte suma.

En resumen, este tipo de relaciones nunca funciona, no lo digo por razones morales, sino porque el hecho de no poder establecer vínculos con personas de la misma generación les impide a las personas formar una relación estable.

Ojalá que la señora Moore se reponga y encuentre un buen hombre de su edad que realmente la haga feliz, que haya visto los mismos programas de televisión, que haya leído los mismos libros y que se haya emocionado con las mismas canciones de amor.

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