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El lado sombrío de la maternidad

Fucsia.co

El lado sombrío de la maternidad

Cuando un bebé se enferma o llora mucho, no siempre bastará con averiguar si está sucio, si siente hambre o frío. También sería importante revisar el alma de su mamá. Entrevista con la reconocida terapeuta de familia Laura Gutman.

A nada le teme más una mamá primeriza que al hecho de que su bebé se enferme. Los resfriados, las alergias, el reflujo pueden hacerla correr a urgencias. Sin embargo, en su best seller La maternidad y el encuentro con la propia sombra, que se convirtió en un referente para quienes deciden formar una familia, la terapeuta argentina Laura Gutman sugiere que valdría la pena valorar a otro paciente para llegar a un diagnóstico que en realidad tiene poco que ver con un mal físico: si un bebé llora demasiado sería oportuno preguntar “¿por qué llora tanto su mamá?” Si tiene una erupción en la piel, el interrogante se debería dirigir a “¿por qué está tan brotada la mamá?”

El niño siente como propios los sufrimientos que ella tiene. Por eso la autora explica en el texto que son dos seres en uno. Las manifestaciones del pequeño son el reflejo de la sombra de su madre, aquello de lo que ni siquiera esta tiene conciencia. “Es como tener el corazón abierto con sus miserias, sus alegrías, sus inseguridades, con todas las situaciones pendientes para resolver y con todo aquello que nos falta comprender. Es una carta de presentación frágil: esto es lo que soy en el fondo de mi alma, soy este bebé que llora”.

Por eso asegura que se suele confundir “el encuentro con la propia sombra” con la “depresión puerperal”. “Podríamos considerarla una ventaja exclusiva de las mujeres: la posibilidad de desdoblar nuestro cuerpo físico y espiritual y permitir que aparezcan con total claridad las dificultades o dolores personales”.

Se supone que la llegada de un bebé debe ser un momento de regocijo e inmensa alegría. Sin embargo, muchas madres se sumergen en un torbellino emocional. ¿A qué se enfrentan?

No sé quién inventó la visión idealizada de la maternidad… creo que ha sido un intento de infantilizar a las madres. En todo caso, somos nosotras –las mujeres adultas– quienes tenemos la responsabilidad de abordar la realidad real. Para ello, es preciso empezar por el principio: nuestras propias infancias. La primera visión idealizada que tenemos que abandonar es la de nuestras experiencias infantiles que no fueron nada bonitas*.

Para criar bien a un bebé, ha expresado, hay que comprender los aspectos oscuros de la maternidad. ¿Cuáles son?

Casi todo reside en las experiencias de nuestra infancia, de la que no tenemos recuerdos conscientes. Por eso es necesario –de alguno u otro modo– reordenar lo que nos pasó. Yo propongo un sistema de indagación personal que fui inventando a lo largo de los años y que denominé “biografía humana”.

Se parece más a una investigación de detectives que al trabajo de los psicólogos porque necesitamos encontrar aquello que el indivduo no sabe de sí mismo. Por eso no nos interesan los relatos del consultante, ni los recuerdos, ni las opiniones formadas sobre la propia vida ni sobre las vidas de los demás. Buscamos sólo las experiencias desde el punto de vista del niño o la niña que ha sido.

No parece un buen momento que esa “sombra” aflore precisamente cuando todos los sentidos están volcados a criar a un bebé.

La sombra no es algo “malo”. Estamos constituidos por nuestra sombra. ¡Somos nosotros! Por lo tanto, no hay buenos ni malos momentos para que aflore. Justamente, la sombra (es decir, los aspectos que no reconocemos de nosotros mismos) aparece con más fuerza en momentos de crisis. Para mí es una excelente oportunidad para ahondar más en nuestro ser interior.

“El llanto del niño es el llanto de la madre”. “Las mucosidades del niño son lágrimas contenidas de la madre”. ¿Cómo explica ese nivel de conexión “bebé-mamá”?

Lo he llamado el fenómeno de “fusión emocional”. Me refiero a la evidencia de que los seres humanos compartimos nuestros territorios emocionales, estamos entrelazados. En el caso de un niño pequeño y su madre, esa unión emocional es mucho más intensa. Simplemente es así. Por eso, no importa quién está contactado con una experiencia del orden que sea (si es la madre o si es el niño, si es actual o del pasado) porque ese sentimiento pertenece a la totalidad del territorio afectivo.

Ambos lo sentimos como propio. Habitualmente, el niño pequeño suele manifestar con mayor facilidad cualquier acontecimiento, vivencia o sentimiento de la madre, ya sea consciente o no. Las madres tenemos la suerte de contar con esa campana, con esa expresión concreta y luego –gracias al niño– podemos hacer el recorrido de indagación pertinente para comprendernos más.

La realidad es que la mayoría de las madres –como consencuencia de las infancias que hemos vivido– solemos escaparnos de la intensidad de la fusión emocional. Así que no es frecuente que permanezcamos en la fusión con el niño pequeño. De hecho, creo que ese es uno de los mayores desastres afectivos que padece nuestra civilización.

Por otro lado, cuando hablo de reencontrarnos con nosotras mismas, no es algo que haremos “después” de haber criado un niño, sino que la crisis con la que nos enfrentamos pretendiendo vincularnos con el niño nos ofrece la posibilidad de emprender un camino de indagación personal mientras nos duele el contacto con nuestro propio territorio emocional y luego, tal vez, podamos comprender mejor quiénes somos, qué nos ha sucedido y qué hemos hecho a lo largo de la vida con eso que nos ha sucedido.

Pareciera que el mundo de hoy exige a las mujeres ser “wonder women”: madres-esposas-profesionales-hijas y amigas… exitosas en todas las facetas. ¿Es posible tenerlo todo a la vez?

Pasa que todo esto es un engaño. ¿A dónde queremos llegar?, ¿quién ha dicho que tenemos que ser buenas en todo?, ¿qué significa ser buena?, ¿cuáles eran las expectativas de nuestra propia madre?, ¿por qué suponemos que tenemos que complacer a nuestra madre? Nada de esto tiene que ver con nuestra capacidad de amar ni con nuestra capacidad para percibir sutilmente a nuestro hijo pequeño. Todo lo referido a hacer las cosas bien responde a un valor falso. Insisto, yo propongo revisar nuestra capacidad de amar y de satisfacer lo que nuestro hijo pequeño nos reclama. Porque los niños dependen del confort que los adultos podamos prodigarles.

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