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Los hombres las prefieren... entaconadas

Arnoldo Mutis

Los hombres las prefieren...  entaconadas Los hombres las prefieren... entaconadas

Los zapatos de tacón alto son el accesorio más provocativo del ropero femenino y el fetiche sexual favorito de los hombres. ¿Cuál es la razón?

Las cintas pornográficas son cuestionadas siempre porque sus protagonistas hacen las más complicadas cabriolas en la cama con altísimos tacones. Pero yendo a fondo, resulta que ello tiene sentido, dada la volcánica fascinación que una mujer “encaramada” en unos stilettos despierta en los hombres. 

Por eso, han estado desde hace años en el foco de los estudios sobre sexualidad y el más reciente de ellos, publicado por Archives of Sexual Behavior, órgano de la Academia Internacional de Investigación sobre Sexo, confirma tal poder de seducción. Realizado por la Universidad de Bretagne, de Francia, el análisis abarcó cuatro pruebas en las que un grupo de mujeres fueron vestidas del mismo modo. Todas eran de pelo oscuro, dado que previos estudios demuestran que las rubias juegan con ventaja a la hora de llamar la atención. 

Así, la única diferencia notable entre las participantes recaía en sus zapatos. En la primera prueba, las voluntarias les pidieron a hombres escogidos al azar que respondieran preguntas acerca de la equidad de género. En últimas, el 83 por ciento de los abordados colaboraron con las encuestadoras que iban con zapatos altos, mientras que solo el 47 por ciento apoyó a las que los llevaban planos. En un segundo experimento, ellas les hacían preguntas sobre hábitos de alimentación tanto a hombres como mujeres: 82 por ciento de los varones aceptó responderles al grupo que llevaba tacones de más de nueve centímetros, contra 47 por ciento de los que lo hicieron con las que lucían bailarinas. Y no hubo mucha solidaridad de género, pues solo 33 por ciento de las mujeres quiso dar sus opiniones sin importar lo que las solicitantes llevaran en los pies. 

La tercera fase consistió en que las concurrentes caminaran por las calles delante de transeúntes y dejaran caer un guante como por descuido, para observar sus reacciones. El 93 por ciento de los hombres recogió la prenda y se las devolvió a las que andaban “entaconadas”, al tiempo que 62 por ciento hizo lo propio con las que lucían zapatos planos. Por su parte, 53 por ciento de las mujeres repitió el gesto con las primeras y el 43, con las segundas. La última fase del estudio se escenificó en bares, donde las mujeres “señuelo” se sentaron de modo que se notara su calzado. En promedio, las que iban en tacones vieron llegar en ocho minutos a galanes dispuestos a seducirlas. Las que no, tuvieron que esperar trece minutos por sus pretendientes.

La ciencia da fe de la existencia de un fetichismo sexual alrededor de los zapatos altos femeninos, en virtud del cual se les atribuyen a estas prendas atractivos eróticos. Para comprenderlo, conviene remontarse a su historia, tema de la muestra Killer Heels: The Art of the High-Heeled Shoe, que se presenta en el Museo Brooklyn, de Nueva York. Su curadora, Lisa Small, cuenta que fueron en realidad los hombres los que primero se aficionaron por los tacones. La caballería persa, hacia el siglo X, descubrió que con ellos se aferraban mejor a los estribos. “Cuando Luis XIV de Francia, el Rey Sol, los calzaba, lo hacía como el pilar de la masculinidad estándar de la aristocracia que él representaba”, anota Lisa Small. 

Luego, los caminos se bifurcaron: los tacones de ellos eran anchos y recios; los de ellas, más afilados y decorados. Los hombres de los años 1700 los consideraron poco prácticos y quedaron como accesorios femeninos. Pero la Revolución francesa los prohibió por catalogarlos como epítomes de la irracionalidad y la frivolidad de la mujer. Entonces, la fotografía llegó y con ella la pornografía, que fue, antes que la moda, la primera en conferirles a los tacones el sex-appeal que hoy ostentan. Sus modelos y luego las pin ups o maniquíes de calendario, lucían zapatos muy altos, pero que solo servían para posar por unos minutos y no para andar por todas partes, como hoy. La concreción de la fantasía, recuerda Lisa Small, se dio en los años cincuenta, cuando la industria fue capaz de usar acero para crear los tacones puntilla. 

Hoy, los stilettos, que para muchos sugieren desnudez, se están usando más altos que nunca y mantienen su prestigio, pero son también motivo de álgidas polémicas por los daños que causan en la anatomía. De hecho, su hazaña es ser el único elemento incómodo del vestuario femenino que sobrevive, al punto que más de la mitad de los 38.500 millones de dólares que las estadounidenses gastaron en zapatos en 2011 se fueron en modelos superaltos. 

¿Por qué los siguen tolerando si les causan dolor y cansancio? Al respecto, Lorena Polanía, psicóloga clínica de la Universidad del Bosque de Bogotá, recuerda que ello tiene causas biológicas, escritas en lo profundo del inconsciente y herencia del proceso evolutivo humano. La especialista, quien trabaja en temas de pareja y sexualidad junto a la conocida psicóloga Lucía Náder, anota cómo los tacones realzan aquellos atributos femeninos que indican que es sana y, por tanto, apta para procrear, según esa percepción masculina que habla desde los rincones de la mente hace millones de años. Los tacones, por ejemplo, arquean la espalda y con ello el derrière sobresale mucho más y las redondeces de sus caderas se definen mejor, haciéndolas ver como un receptáculo adecuado para un futuro bebé.

El fetiche de los tacones responde también a conductas aprendidas. Si la pornografía los impuso como ganchos sexuales, con los años, la publicidad y otras expresiones de la cultura y el mercadeo se han encargado de perpetuar ese estatus. Pero, como también lo explica Robert Stoller, psiquiatra y teórico del sexo, “un fetiche es una historia disfrazada de objeto”, aludiendo al hecho de que algún suceso en particular puede desencadenar esos gustos. 

La doctora Polanía explica que los seres humanos forman su código sexual en los primeros ocho años de vida y este define preferencias tan variadas como las caricias en partes específicas del cuerpo, la contemplación de ciertas imágenes, o el gusto por olores, sabores y objetos como los zapatos. El etólogo y zoólogo inglés Desmond Morris conceptúa que el fetichismo de los pies, ligado al del calzado, puede ser el resultado de una impronta ingrata, como una presión táctil en el pie o en el zapato a una edad temprana. Otros proponen que el erotismo de los pies y los zapatos se debe a que estos y los genitales son controlados por áreas adyacentes en el cerebro. 

En su consulta, Polanía insta a sus pacientes a comunicar a sus parejas estos gustos y a llegar a acuerdos sobre satisfacerlos o no. En general, cuenta, las mujeres aceptan hacer el amor con tacones si sus amantes se lo piden, pues no es algo que resulte problemático como otras fantasías más complejas como los tríos sexuales. La única señal de alarma, advierte, es cuando el hombre no puede lograr el orgasmo sin ver, tocar o contemplar unos zapatos u otros objetos que encienden su deseo, pues es ahí cuando el fetichismo se convierte en una parafilia, es decir, una enfermedad.

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