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Piedad Córdoba

Piedad Córdoba Piedad Córdoba

Sigue comprometida hasta la médula con la liberación de todos los secuestrados que hay en Colombia, pese a que su estilo directo, franco y sin rodeos le ha granjeado los más grandes amores y lo peores odios.

Los insultos son parte de su vida. Desde que tiene memoria ha sido vituperada. Por negra. Por ser hija de un negro. Por ser hija de una blanca. Por no ser pobre. Por ser inteligente… y negra. Por poder estudiar. Por no quedarse callada. Por defender a las minorías. Por hacer oposición. Por no rendirse.
Tal vez todo eso ha contribuido a hacerla la mujer que es hoy. Profundamente silenciosa y extremadamente verbal. No tiene miedo. Lo perdió hace muchos años si es que alguna vez lo tuvo. Ni el secuestro del que fue víctima hace diez años por cuenta del paramilitar Carlos Castaño la silenciaron, la exiliaron o la sacaron del camino político. De su política, que a veces estorba, pero que tiene derecho a ejercer.
Piedad Esneda Córdoba Ruiz nació en Medellín el 25 de enero de 1955. Es abogada de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y especializada en Opinión Pública y Mercadeo y en Derecho Organizacional y de Familia. Su vida de servicio la empezó en las comunas de Medellín donde trabajó al lado del dirigente liberal William Jaramillo Gómez, su mentor político. En el sector público comenzó como Subcontralora de Medellín y Secretaria Privada de Jaramillo Gómez durante los dos años que ocupó la Alcaldía de la ciudad. Fue Concejala, Diputada de la Asamblea Departamental de Antioquia, Representante a la Cámara y es Senadora por más de 15 años.
En el ejercicio de todos esos puestos se ha encargado de dar a conocer, pero sobre todo de hacer respetar sus posiciones verticales, radicales y su total ausencia de sumisión.

Por las minorías
Dentro de su partido, del que llegó a ser presidenta, lidera el movimiento Poder Ciudadano Siglo XXI desde donde ha dedicado sus más ingentes esfuerzos en pro de los derechos de la mujer, las minorías étnicas y sexuales y la defensa a ultranza de los derechos humanos.
Esos intereses tan específicos la han llevado por el camino de la gloria, pero también por los más tortuosos que haya podido transitar. Desde su vinculación directa en el 2007 con el acuerdo humanitario entre las Farc y el gobierno del presidente Álvaro Uribe ha visitado el cielo de los halagos y el infierno de los vituperios con una asiduidad pasmosa. Ese año fue autorizada por el Gobierno nacional a mediar, junto con el presidente venezolano Hugo Chávez, la liberación unilateral de seis cautivos políticos que permanecieron en poder de las Farc durante varios años. La gestión obtuvo tantas críticas como alabanzas. Unos la tildaron de vendida, mientras que por otro lado fue postulada al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Su cercana relación con el mandatario venezolano le ha costado motes del calibre de guerrillera, subversiva, apátrida, y muchos más. Ha sido investigada en repetidas ocasiones por encargo de las autoridades por supuestos vínculos con grupos subversivos. Ella continúa trabajando por la liberación de los secuestrados, con un grupo de intelectuales de varios países y su grupo Colombianos y Colombianas por la Paz. Labor que ha desembocado en más liberaciones.
Pero de la misma manera que ha sido autorizada por el gobierno del que es opositora, también ha sido objeto de vetos rotundos. Su trabajo por los secuestrados ha transcurrido en un tire y afloje con el presidente Uribe y algunos de sus más cercanos colaboradores, al punto de que en marzo del 2007, Córdoba dijo ante el auditorio de un simposio en Ciudad de México que “los gobiernos progresistas de América Latina debían romper relaciones diplomáticas con Colombia”, porque, según ella, el gobierno de Álvaro Uribe Vélez “carecía de legitimidad” y acusó al presidente Uribe de “mafioso”, “paramilitar” y “asesino”. Aseguró también que “todos los caminos del paramilitarismo conducen a Uribe, un presidente paramilitar”. Uribe contestó acusándola de liderar una campaña de desprestigio y en su contra y la de su gobierno para evitar la aprobación de TLC. Córdoba fue demanda por “traición a la patria”, y ella dijo que era una buena oportunidad para redefinir el concepto de “patria”.
Entre sentimientos encontrados hacia ella, Piedad Córdoba sigue hablando, trabajando, buscando salidas y visitando pueblos apartados de Colombia, ciudades intermedias y sofisticados gobiernos del mundo en busca de apoyo para la causa que la obliga a madrugar y a muchas veces no dormir.

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