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¿Bailamos? Las reglas del baile han cambiado, para fortuna nuestra

Julia Londoño Bozzi

¿Bailamos? Las reglas del baile han cambiado, para fortuna nuestra ©Ingimage

Mi abuela contaba que, cuando era joven, uno de sus grandes motivos de angustia eran las fiestas. Cumplía el papel de wallflower, invisible en la pista. Si no te sacaban, no bailabas.

Mi mamá recuerda que, cuando era adolescente, les enseñaban a las niñas en Cartagena que si en una fiesta los muchachos sacaban a bailar a las otras niñas de la mesa, era preferible irse al baño o a dar una vuelta, antes que quedarse sentada sola, humillada. “Me salvaba porque tenía primos que si me veían sentada corrían a sacarme”, cuenta.

Cuando empecé a ir a las primeras fiestas bailables, a los 12 años, me explicaron una medida de suma importancia: la distancia. Las niñas fáciles podrían bailar pegaditas pero uno no: la garantía de decencia sería entonces el brazo derecho estirado hasta terminar posado sobre el hombro del parejo. 

En mi época de quinceañeros la señal inequívoca del éxito en las fiestas era irse al baño de mujeres, quitarse los zapatos y repetir lo cansadas que estábamos de bailar: “Mira, hasta se me hincharon los pies”. No importaba si uno solo había bailado una tanda.

Para ratificar la dignidad de la bailarina era deseable decirle a uno que otro pretendiente de baile “me duelen los pies” o “estoy cansada”. Había que reservarse para los mejores parejos, los de los cursos de arriba en el colegio o los más guapos, y en ningún caso bailar con absolutamente todos. Qué peligro que se fuera uno a gozar así una fiesta…

Y mientras yo repartía “estoy cansada” entre canción y canción, perdiéndome de bailar algunas piezas buenas y en algunos casos sometiendo a la humillación al niñito que debía atravesar la pista de regreso con las manos vacías, mi mamá tenía otro tipo de problemas con el baile.

Siendo una mujer separada y en sus treinta no tenía garantizadas las piezas de baile en las fiestas de los clubes. Y como siempre ha sido una bailarina tremenda, prefería sacar a bailar a uno que otro amigo o conocido antes que abstenerse de bailar y “comer pavo”, como se le dice en la costa a quedarse plantado en la silla durante un baile.

Entonces se enfrentaba a los reparos de mi abuela, quien le echaba en cara que las esposas de esos hombres se los tenían que aguantar durante un año entero para que llegara otra mujer a sonsacárselos en la pista de baile, en las fiestas de noviembre.

Cuando entré a la universidad ya empezaban a ponerse de moda ritmos más democráticos con los bailarines, cuando Proyecto UNO e Ilegales, génesis del reggaeton, nos dieron la posibilidad de bailar en grupos grandes, todos contra todos, como en las épocas remotas del meneíto. 

El placer de bailar sola, sola entre la gente o sola sola, lo descubrí en mis veinte. En uno de mis primeros trabajos, en una agencia de comunicaciones, era frecuente que saliéramos en parche de amigas a bailar, sin parejos, o con Juan Fer, el único colega de nuestra edad alrededor del cual bailamos cientos de veces para felicidad de todos.

En las discotecas y fiestas de grado, en las minitecas y fiestas de sala de mis amigas y primas adolescentes, felizmente compruebo que aunque se perpetúan muchos de los rituales de los bailes de mi infancia, también es muy frecuente que haya bailarines autosuficientes divirtiéndose en la pista de baile con los únicos requisitos que parecen indispensables para bailar: música y un cuerpo gozoso en movimiento.

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