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Rotulitos sexuales

Rotulitos sexuales Rotulitos sexuales

Nuestro mundo se ha convertido en una enorme secretaria que quiere rotularnos y clasificarnos a todos por carpetas… hasta en la cama.

 
Imagine que un día, usted descubre que su papá no nació varón y que, además, fue el que se abrió de patas en la sala de parto para traerlo a este mundo. Pareciera la sinopsis de alguna novela de Stephen King, pero lo curioso es que es real. Thomas Beatie, un hombre de 34 años, quien hasta hace diez se llamaba Tracy, decidió extirparse sus senos y tomar testosterona para convertirse en hombre. Thomas se casó con una mujer, la cual sufrió endometriosis y quedó estéril, pero como la pareja quería tener un bebé propio, decidieron que el papá lo tuviera, después de todo, era un hombre con útero.

Hoy en día, la diversidad sexual es tan variada como un menú de sushi con todo tipo de combinaciones, hombre con mujer, mujer con mujer, hombre con hombre, transexual con hombre, transexual con mujer, etc. La famosa escala de Kinsey buscaba describir la historia sexual de una persona en determinado periodo, ésta empezaba desde cero e iba hasta el seis, siendo el cero exclusivamente heterosexual tipo Arnold Schwarzenegger, y el seis exclusivamente homosexual, donde estaría desfilando el fabuloso Miss Jay Alexander. Ensanduchadas entre esos dos extremos están las zonas grises, donde se encuentran los heteroflexibles y los homoflexibles, es decir, los que diversifican su portafolio de acciones en ambos mercados.

Si la sexualidad fuera un caso de tendencias como la moda, ser hétero sería como usar jeans, siempre un clásico. Ser gay sería una minifalda, siempre escandalosa, y ser bisexual serían unos pantalones de cuero, que hacen ver cool a cualquiera. La moda la empezó David Bowie en los 70, haciéndole eco al amor en estéreo que han adoptado muchos, incluyendo a Angelina Jolie antes de que se enñoñara con Brad Pitt y quisiera adoptar a toda la humanidad. Ya Freud defendía la teoría de que toda persona tenía la habilidad de ser bisexual en algún momento de su vida. Lo cierto es que serlo tiene sus ventajas, como dice Woody Allen: “Soy estrictamente heterosexual, pero la bisexualidad sí te duplica las oportunidades de conseguir una cita un sábado por la noche”.

Para los que les quedó chiquito ser bisexual, está el término omnisexual, que son como una gran aspiradora que se traga todo lo que se les atraviese, estas son las Samathas Jones de este mundo que no tienen problema en llevarse a la cama desde Johnny Depp, Laisa Reyes y hasta ET si estuviera bien dotado. Estas personas no discriminan a la hora de amar, estoy segura de que si los políticos fueran omnisexuales habría más amor, menos guerra y las cumbres mundiales serían en moteles ‘cinco polvos’.

Es poco común escuchar de los pomosexuales, estos son los pensadores independientes que no les gusta que les rotulen su vida sexual, por eso se mantienen al margen de la fábrica de etiquetas. También se encuentran los asexuales, quienes no sienten atracción sexual y parecieran ser la Barbie y Ken sin genitales con los que uno jugaba. Finalmente, tenemos a los autosexuales, quienes se aman exclusivamente a sí mismos, ahorrándose de esa forma todos los regalos de aniversarios y amor y amistad que les toca a los que prefieren tener pareja.

Cuando alguien describe a una persona, la esculpe a punto de adjetivos: estatura, tez, cabello, contextura, genio; la sexualidad debe ser mirada como otra cincelada más, no como toda la escultura. La gente tiende a torcer los ojos como si hubieran visto a un elefante con diarrea cuando ven algo diferente a la clásica combinación Adán y Eva; amor es amor, lo que cambia es el empaque. Todo el mundo debe tener el derecho de salir con quien quiera, siempre y cuando sea consensualmente, como dicen por ahí: “no importa lo que hagas en tu habitación, siempre y cuando no lo hagas en la calle y asustes a los caballos”.

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