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Las técnicas amatorias orientales como el erotismo tántrico, el tao o el Kama Sutra liberan de la culpa ligada al sexo y curan las disfunciones.

 
“A mi marido yo le salgo con eso de los pétalos en la cama para hacer el amor y me manda pa’l carajo”
, dice Ximena Trujillo, una esposa bogotana de clase alta. Su marido es muy viril, explica, como para hacerlo entrar en la onda del amor según la Nueva Era. Es buen amante, cuenta ella, pero es el típico latin lover que prefiere ir al grano y no prender tantas velas para tener sexo. Para él, con desnudarse y meterse en la cama basta. Ella, empero, insiste en buscarle otras salidas a su vida marital a través de la Nueva Era, pero para comenzar tendrá que sacarse varias cucarachas de la cabeza.

En los últimos años, con cierta ligereza, no pocos medios le han vendido al público recetas esotéricas que garantizan un mejor desempeño sexual: baños, esencias, masajes y manjares afrodisiacos. Todo ello se ha empaquetado dentro de las tendencias de la Nueva Era, pero la verdad es que tal manera de presentar las cosas responde una vez más a la visión occidental, tan obsesionada con la forma e indiferente con el fondo, que es lo que hace a aquélla trascendente. Desde siempre, nuestra cultura nos ha enseñado a deslindar la expresión sexual del espíritu, una costumbre que se contrapone abiertamente con la sabiduría de Oriente, de la cual la Nueva Era ha alimentado justamente gran parte de su ideario desde su surgimiento en los años 70 del siglo XX.

Mientras que en Occidente el cristianismo dijo que el disfrute pleno del sexo entrañaba un pecado capital, los sabios del otro lado del mundo descubrieron en él, hace miles de años, una camino para llegar a Dios. Ello hace del alma, prácticamente, el órgano sexual más importante y no el cerebro como lo proclama la sicología en Occidente. El placer sexual viene entonces desde adentro, y además no tiene la connotación de culpa con que se le asocia por estos lares. Pese a la penetración de las tradiciones orientales que se ha vivido en los últimos años, todavía resulta complicado explicarles a maridos reacios, como el de Ximena, que toda esa parafernalia de esencias y candelabros proviene de filosofías según las cuales la persona no se ve, gracias a la búsqueda de insondables zonas espirituales. Allí, el cuerpo se torna invisible pero no ausente, dejando al alma en libertad de alcanzar cimas de éxtasis sin límites. En Occidente, el sexo se reduce a lo físico y específicamente al coito. Al igual que en la agitada y competitiva vida práctica, al erotismo se le imponen prisas, medidas y otros requisitos apegados a lo terrenal. Aparte del objetivo de la reproducción, en últimas, el sexo en nuestra sociedad sigue siendo una función de la vida corpórea, encaminada a responder a un instinto animal. El sentido de toda esta fuerza que mueve a la humanidad termina con cada orgasmo.

Los orientales, en cambio, concibieron el mundo a partir de la ley de los contrarios, según la cual los opuestos ineluctablemente se atraen a través de las energías que emanan de todos los seres. En ese orden de ideas, todo lo que sube baja, todo lo vacío se llena, todo lo que se contrae se dilata y, también, lo femenino y lo masculino, tan diferentes, viven el uno en el otro, y mucho más en el sexo, que es la máxima expresión de la energía vital y no un simple intercambio de fluidos y caricias. El sistema de creencias de India, que busca con el yoga la unión de mente, cuerpo y espíritu a través del manejo de la respiración, también le legó a la sexualidad un capítulo aparte, conocido como sexo tántrico, de tantra, palabra del sánscrito “entrelazar”, un conjunto de tradiciones esotéricas antiquísimas.

Para entenderlo y llegar a practicarlo, hay que borrar por completo todas las creencias de la tradición cristiana y machista. Aquí es lamujer la que domina en el encuentro sexual, un aspecto totalmente opuesto a las costumbres occidentales. Para el tantra, el varón demuestra su poder prodigándole mucho placer a la hembra y es sólo después de que ella ha alcanzado muchos orgasmos que él eyacula. Este momento de la sexualidad masculina es visto en nuestra cultura como un acto incontrolable y ello es el origen de la frustración de muchas amantes, pues el orgasmo del hombre marca el término del encuentro sexual. A los orientales, el tantra les enseñó a dominar ese impulso a través de la respiración y técnicas manuales para retardar su clímax, como presionar con los dedos la zona del perineo, entre el ano y los genitales.

Luz Stella y Juan son una pareja de esposos cuya vida en la cama se convirtió en un campo de batalla. Competían para saber quién era más ardiente y más osado. Pero adoptaron el sexo tántrico como parte de un cambio de vida que los llevó a adoptar un estilo más pausado y eso salvó su amor. “Con el tantra la dinámica de nuestra relación cambió del cielo a la Tierra”, cuenta Juan, “pues las tensiones acerca del sexo se transformaron en satisfacción mutua sin límites y sin presiones”.

Lo dice porque con este método expresiones vulgares como “quickly” o “polvo express” no tienen cabida. La primera condición del sexo tántrico es olvidarse del reloj. El placer está en el camino y no en el fin del trayecto. En otras palabras, los amantes no dan por terminado su encuentro al primer envión. Todo con la ayuda de técnicas de respiración que hacen al hombre capaz de contener su explosión erótica cuando siente que ésta está a punto de estallar. Esa unión entre la mente y una función tan vital como inhalar y exhalar el aire es lo que se llama tener sexo con el alma, pues por ella la pareja crece interiormente al hacerse sabia en el control de sus deseos y hacerse partícipe de la fuerza divina. La energía sexual se acumula con tal ímpetu, que el orgasmo masculino es más largo y de una indescriptible estremecedora intensidad, relata Juan. Muy diferente al clímax a que están acostumbrados los occidentales, tan mecánico y fugaz. Para dar una noción de sus maravillas, es propicio mencionar que los especialistas en este método dicen que una sola de estas experiencias en el mes basta para saciar las necesidades eróticas de la pareja. Además, cuanto el hombre es dueño del dominio de su emisión de semen se convierte en el más deseable de los amantes.

El tantra y otras escuelas orientales además enseñan que el sexo no sólo se disfruta con los órganos genitales, sino con los cinco sentidos. De ahí la estimulación con pétalos, luces, olores, sabores y experiencias táctiles con frío o calor, por ejemplo. Todo ese escenario hace parte de una serie de rituales de purificación y preparación que recomienda el tantra y no de “trucos para excitar a tu pareja”, como lo anuncian algunas revistas.

“Nos liberamos de la culpa frente al sexo que nos amargó por años y ahora sabemos que el bienestar en este sentido trae beneficios para la salud física y mental”, apunta Luz Stella, quien dice haber superado con el sexo a la oriental sus complejos ancestrales de ser mujer.

El arte amatoria, del maestro Tung y la filosofía taoísta, ambos de China, así como el Kama Sutra de India, son otras herencias de la sexualidad oriental que comparten los mismos principios del tantra, los cuales se pueden resumir en estas palabras del propio Tung: “De todas las cosas que hacen al hombre próspero, ninguna puede compararse con el acto sexual. Éste se modela a semejanza del cielo y toma como ejemplo la Tierra, regula el Yin y gobierna el Yang. Aquellos que comprenden su importancia podrán nutrir su naturaleza y prolongar sus años de vida. Aquellos que no entiendan su verdadero significado se dañarán a sí mismos y morirán prematuramente”.

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