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Sexo, amor y mujeres Sexo, amor y mujeres

La lucha por la libertad de Colombia también trajo consigo una aire de apertura sexual para las mujeres.

Se anuncia con gran bombo el Bicentenario de la Independencia, pero es poco lo que se ha explicado sobre hacia adónde se encaminan los festejos en un sentido que trascienda la simple anécdota del florero del venerable 20 de julio de 1810. De acuerdo con los tiempos que corren, con su culto a la sensualidad, una buena inspiración de la celebración podría ser la de descubrirles a los colombianos de hoy una imagen más humana de ese pasado, y ello necesariamente supone enterarse de cómo veían el sexo sus antepasados de hace 200 años. De ellos, el común de la gente suele tener la imagen puritana que muchos cultivan de sus abuelos y padres: que no hacían el amor, que en su tiempo eso no era importante y que obedecían ciegamente a la fobia al sexo, tan propia del periodo en que les tocó vivir, impuesta por la religión.

Nada más alejado de la verdad. Es cierto que desde antes de la Independencia, en el periodo colonial, la sexualidad de los habitantes del Nuevo Reino de Granada, como se llamó el país en ese entonces, se guiaba por un estricto código de normas, también lo es que las transgresiones a esa regla eran de todos los días, como lo muestran los archivos que sobreviven.

Para explicarlo, Carolina Giraldo, historiadora de la Universidad de los Andes, acude a un refrán muy extendido en la Colonia: “Se obedece, pero no se cumple”. En efecto, tal práctica campeó en la administración pública y otros campos, y el sexo y el amor no fueron ajenos a ello. Muchos documentos constatan que en ciertos periodos se vivieron en la América hispana brotes de fornicación sin control entre hombres y mujeres de diversas clases o razas, lo que estaba prohibido. La gran cantidad de hijos ilegítimos, huérfanos en hospicios y reclamos de legitimidad, dan cuenta de cómo los neogranatenses pasaban por encima del precepto en aras de las “voluptuosidades y desfallecimientos del amor”. Eso de que las parejas sólo tenían relaciones después de casarse o de que las novias llegaban vírgenes al matrimonio, tampoco es del todo cierto. En aquel entonces, la promesa de matrimonio o los esponsales, sin la bendición del cura, bastaban para que muchas mujeres consintieran en acostarse con sus novios, quienes no siempre cumplían su palabra.

De cualquier modo, las mujeres tuvieron que pagar siempre un caro precio por sus faltas: renunciar a sus hijos ilegítimos, vivir encerradas o ser llamadas “prostitutas”. No hay que olvidar que la sociedad colonial vivía del honor, el cual en gran medida reposaba en la sexualidad de ellas. La virginidad en las solteras y la fidelidad en las casadas eran el gran parámetro de ese honor, don frágil que podía perderse hasta con la mínima insinuación de un desliz. La gravedad de esto no se entiende si se pasa por alto que las élites decían ser las exclusivas poseedoras del honor, lo que les concedía el monopolio del poder. De modo que una mujer que daba un “mal paso” arriesgaba los privilegios políticos y económicos de su familia o de su clase. Con la Independencia, explica Carolina Giraldo, irrumpió una ola de apertura sexual en que las mujeres tuvieron un papel protagónico. Giraldo es la directora de Diversidad Sexual de la Secretaría Distrital de Planeación de Bogotá y la autora de una investigación que servirá de eje al ‘Paso del amor’, una de las estaciones con que el Gobierno de la capital celebrará el Bicentenario. Tras sus pesquisas, Giraldo resalta a un personaje que abre la puerta para hablar de esa revolución y es Manuelita Sáenz. De la célebre amante de Simón Bolívar, dice, “nos han vendido una imagen muy romántica y femenina, pero ella tenía otros aspectos que no se conocen tanto”. Ciertamente, esta célebre quiteña de quien El Libertador decía que fue la primera mujer que conoció que montaba a caballo como él (a horcajadas y no de lado), era hábil en el manejo de las armas y versada en (los filósofos) Tácito y Plutarco, fue, en principio una víctima de esos líos de honor de la época, pues era hija ilegítima de un padre rico que compró para ella una magnífica educación y un matrimonio que la hicieron “respetable”. Aun así, la Amable Loca de Bolívar siempre despreció esos convencionalismos y al parecer se escapó del convento donde se educaba, con un amante. Luego abandonó a su marido, el inglés James Thorne, por Bolívar, cuando lo corriente era que los esposos dejaran a sus mujeres.

En otro tiempo, Manuelita hubiera sido obligada por las leyes a volver con su marido; éste último, inclusive, habría podido matar al amante de su esposa sin tener que responder ante la justicia. Pero fue esa liberalidad de la Independencia la que le permitió vivir a la luz del día su romance, afirma Giraldo. Ella menciona, además, que en ese periodo la Iglesia perdió poder, se acabó la Inquisición y los pecados sexuales que este tribunal antes castigaba dejaron de ser punibles. “Eso pasa en las guerras, porque se pierden las normas y surge la pregunta: ¿cuáles van a ser las nuevas normas? y mientras tanto puede pasar un poco de todo”, concluye.

Sí, en la primera Colombia estaban sucediendo novedades en los roles del género femenino. Manuelita, por ejemplo, no fue la única, pero sí la gran representante de un nutrido grupo de mujeres de toda Latinoamérica que no se conformaron con coser uniformes, curar heridos o ser espías de la Independencia. Participó como un guerrero más en batallas tan decisivas como Junín y Ayacucho, en Perú, al punto, que mereció el grado de Coronela. Y, al ritmo de ese espíritu de ruptura, ya fuera en los salones o en la intimidad, ella daba rienda suelta a una sexualidad que también rompía el molde. Por una parte, dice Giraldo, relatos de la época sugieren que, a espaldas de Bolívar, tenía al menos otros dos amantes en Bogotá. “Adicionalmente, ella tuvo una relación con otra mujer, mulata, que se llamaba Jonatás. Hay registros que dicen que ella era su sirvienta, pero lo que he visto es que su relación era muy igualitaria”, cuenta la historiadora. Lo cree porque Jonatás participaba activamente en las tertulias y fiestas de la Sáenz, donde mostraba sus dotes de comediante y gran imitadora, de acuerdo con relatos de viajeros de esos años. Uno de ellos, Jean Baptiste Boussingault, escribió en sus memorias que Manuelita “nunca se separaba de una joven esclava, mulata de pelo lanoso y ensortijado, hermosa mujer siempre vestida de soldado (...). Ella era la sombra de su ama; tal vez también, pero esta es una suposición, la amante de su ama (...). La mulata no tenía ningún interés en hacerse pasar por ángel; encerrada con Manuelita en el camarote podía salir y entrar libremente. Se puede adivinar el resto”.

Casos de mujeres guerreras en la Independencia se dieron en toda América. Es más, ellas conformaron batallones completos que, a caballo, repelían a los atacantes de sus pueblos, por ejemplo. Estas amazonas no sólo revolucionaban a su género en la medida en que revertían el estereotipo de la fémina frágil e indefensa, sino que también, como al parecer lo hizo Manuelita, exploraban el amor lésbico.

En fin, como lo concluye Giraldo, las mujeres de la Independencia “querían mucho más de lo que se ha dicho”. Pero no era fácil imponerse al sistema de dominio masculino, que dictaba la visión de todo, incluida la mujer. En ese orden de ideas, explica la historiadora, en contraste con la amazona valiente, los próceres crearon la imagen de la mujer virtuosa, símbolo de la patria, a quien debían proteger de las violaciones sexuales que cometía el bando contrario. Esto pudo ser un infundio o estratagema de desprestigio, pero, como sea, señala que el hombre siempre buscó justificar su poder sobre la mujer, basado en su debilidad.

Las mujeres estuvieron mejor en la Independencia que en la Colonia, pero cuando la gesta se acabó, temerosos de su avance en la vida pública, los hombres las devolvieron a las casas y se volvió a imponer la tradición de la mujer callada y sumisa al varón, que nada tenía que hacer en los ámbitos del poder. Así, las colombianas perdieron también ese control de su sexualidad que disfrutaron en la Gesta Magna.

Para finales del siglo XIX, décadas después de la muerte de Manuelita arruinada y sola en Perú, todo había vuelto a ser como en la Colonia para sus congéneres. “Obedece para que puedas reinar”, le aconsejaba un maestro a Elvira Silva, hermana de José Asunción Silva hacia 1890. Y el siguiente apunte de 1894, tomado del libro Amor y sexualidad en Santander, refleja bien lo que cautivaba a los hombres de las mujeres, en clara contraposición al estilo que siguió la amada de Bolívar: «Método para cazar marido: (...) Se deja el lujo por algún tiempo, se finge gran afición a la aguja, se habla mal de la coquetería, se dice que los primos son lo peor del mundo, se deja el balcón, se viste con extremada sencillez, se abandonan las joyas por las flores, se echan de lado los moños o polizones (si se usan) y se lee un ratito todos los días el Arte de cocinar. Se garantiza».

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