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Un genio torturado

Un genio torturado Foto sacada del libro "Yves Saint-Laurent, Rive Gauche, la révolution de la mode".

Yves Saint Laurent liberó a la mujer con sus diseños. Pero en la intimidad vivió preso de las depresiones, las drogas y los traumas a causa de su sexualidad.

Su despedida de las pasarelas en Francia se convirtió en un acontecimiento nacional. El 22 de enero del 2002, después de 40 años de carrera y seis años antes de su muerte, Yves Saint Laurent causó revuelo en el Georges Pompidou Center con sus 350 piezas de colección y 40 nuevos vestidos. Más de dos mil personas asistieron al evento y muchas pagaron más de tres mil dólares en el mercado negro para tener el privilegio de ver el espectáculo. Otras tantas se quedaron afuera y presenciaron el desfile a través de pantallas gigantes. De esta manera vieron los trajes tipo trapecio de los 50, el blazer y el esmoquin con los que vistió a las mujeres en los 60, y las prendas con aires orientales y folclóricos de los 70.

“He conocido el miedo y la terrible soledad. Tranquilizantes y drogas… falsos amigos. La prisión de la depresión y los hospitales. He emergido del abismo de todo esto, obnubilado, pero sobrio”, fueron sus palabras en la conferencia de prensa. De esta manera reconocía que su genialidad había estado acompañada por un perpetuo trauma causado por el miedo de perder su trono y su corona como el rey del diseño. Una posición que había logrado por ser el primero en muchos asuntos del mundo de la moda: “Mucho antes que Gaultier, Saint Laurent tomó prestado el estilo tribal africano y puso a las modelos a desfilar con brasieres cónicos hechos de conchas. Antes de Issey Miyake, diseñó máscaras de metal moldeado para usar sobre faldas de seda; y años antes de que Christian Lacroix y John Galliano introdujeran vestidos de campesinos y del teatro, Saint Laurent produjo una colección inspirada en los mongoles y zarinas rusas, las doncellas del norte de África y las heroínas de Proust”, explicó en su obituario el diario londinense The Telegraph.

Y así se acostumbró a ser el número uno. Con su colección ‘Rive Gauche’ fue el primero en abrir una boutique de prêt-à-porter, que no incluía imitaciones de modelos de Alta Costura, sino prendas originales listas para ser llevadas, de manera que contribuyó a la democratización de este tipo de confecciones. Fue quien convirtió a Catherine Deneuve en un icono de la moda. Y fue conocido como “el niño malo” del diseño por atreverse a hacer prendas escandalosas para la época, como una blusa de chifón transparente y un traje-pantalón que estaba tan prohibido en exclusivos clubes y restaurantes europeos y norteamericanos, que las mujeres por pura rebeldía los dejaban colgados en la entrada y se quedaban solamente vestidas con chaquetas más cortas que una minifalda. Además, fue el primer diseñador en hacerle publicidad a su perfume Pour Homme con un desnudo, el primero cuyo trabajo fue expuesto en un museo de la talla del Metropolitan de Nueva York. También incorporó el arte a la moda, inspiración de Mondrian y Picasso. Y, sin duda, liberó el cuerpo de la mujer de ataduras como el corsé y adaptó sus diseños a las necesidades contemporáneas del llamado sexo débil, haciendo su contribución a la revolución femenina. Con su ego en la cima, solía decir que lo único que no había creado y se arrepentía de no haberlo hecho, era el blue jean. Así lo recuerda un nuevo libro dedicado a este icono de la moda del siglo XX: Fashion Revolution, escrito por su socio y pareja, Pierre Bergé, y Jéromine Savignon.

Un joven genial
Su productiva y a la vez enfermiza obsesión por el éxito le llegó desde que era un niño. El día que cumplió 9 años, mientras apagaba las velas de su pastel, pidió el deseo de su vida: que su nombre se viera con letras luminosas en los Campos Elíseos. Esa sería su manera de vengarse de quienes habían hecho su infancia miserable por ser homosexual. “Yo no era como los otros chicos del colegio y por eso mis compañeros hicieron de mí su víctima. Me encerraban en el baño, me insultaban, me pegaban…”, recordó alguna vez. En esa época se refugiaba en dibujos de muñecas de papel que recortaba y en su mamá, quien se convirtió en su primera musa, pues desde los 13 años empezó a diseñarle trajes para que los llevara adonde los modistos. Lo impulsó a viajar a París siendo un adolescente para que presentara el boceto de un traje de coctel de corte asimétrico, con el que ganó un concurso. Como dato curioso, Karl Lagerfeld quedó en segundo puesto. Fue ella quien lo motivó a estudiar en la Ciudad Luz. “Es un niño prodigio de la Alta Costura”, sentenció una de sus profesoras. Y también fue su mamá quien, a fuerza de persistencia, le consiguió una cita con Michel de Brunhoff, editor de la edición francesa de Vogue, quien quedó tan deslumbrado con su portafolio de 50 diseños, que le pidió a su amigo Christian Dior, quien entonces ostentaba el título del rey de la moda, que aplazara sus vacaciones para conocer a la joven promesa.

Y así fue. Dior no solo le dio una oportunidad a ese niño de origen argelino, tímido y flaco, de 1,80 de estatura, que se escondía detrás de unas gafas, sino que lo fichó como su sucesor. Y ocupó el cargo solo dos años después, en 1957, a los 21 años, cuando su mentor murió de un infarto. Así, se convirtió en el modisto más joven de la industria. Su primer desfile al mando del imperio Dior fue toda una revelación: “Una sensación recorre París, nueva para la ciudad y para Francia: la creciente influencia de la juventud”, reseñó en 1958 la Vogue norteamericana. “Saint Laurent salvó a Francia”, tituló Le Figaro. “Simplemente genial”, fue el dictamen de otros medios que lo bautizaron ‘El Principito’. Durante la presentación de su colección los asistentes se le abalanzaron para felicitarlo. El niño genio había aligerado el estilo Dior, al quitarle las hombreras, los tules y los corsés, reemplazándolos por los trajes tipo trapecio que daban una sensación de libertad. Saint.

Algunas biografías cuentan que en el corto tiempo que duró en el cargo “su éxito arrastró a la economía francesa”, cuando la firma facturó 50 por ciento de las exportaciones de moda del país. Sin embargo, su ascenso se vio interrumpido en 1961 cuando fue requerido en el Ejército. Dicen las malas lenguas que sus diseños habían empezado a perder su encanto, que su estrellato había sido fugaz y que Marcel Boussac, dueño de Dior, odiaba su colección y habría movido influencias para que los militares lo llamaran.

Nunca cogió un fusil. Fue víctima de las mismas burlas del colegio y cayó en una profunda crisis nerviosa, confinado cerca de tres meses en un hospital militar siquiátrico, tomando antidepresivos a los que se volvió adicto. Pierre Bergé, un vendedor de arte, a quien había conocido en una fiesta, se encargó de rescatarlo cuando ya pesaba 35 kilos, y lo impulsó a crear su propia firma. Juntos demandaron al imperio por incumplimiento de contrato y lograron un acuerdo por cerca de 80 mil dólares.

El dúo Saint Laurent-Bergé, con este último encargado de los negocios, se disparó, involucrando diseños masculinos y una línea de perfumes como Opium. Los fabricantes de accesorios se peleaban por estampar en ellos la legendaria marca YSL. Pero así como eran de productivos, eran de conflictivos. Bergé se convirtió en la niñera de un Saint Laurent huraño y ermitaño que escasamente asistía a sus dos desfiles anuales y en los que lucía desorientado, producto de su adicción al alcohol, las anfetaminas y las drogas. Además, su timidez lo hacía huir de la prensa.

Con sus empleados era un tirano. En su libro Saint Laurent: Bad Boy, Marie-Dominique Lelievre cuenta que en episodios de furia y embriaguez “perdía la cabeza” y les lanzaba ceniceros o lo que tuviera a la mano, incluso a sus amigos cercanos. Según la autora, nunca superó los traumas de su homosexualidad, al punto que se obsesionó con acostarse con alguna modelo famosa. De hecho, solo pudo hablar del tema abiertamente con su papá siendo adulto: “Papá, ¿sabes lo que soy? ¿Habrías preferido que fuera un verdadero hombre, que continuara tu apellido?”, le preguntó. “Eso ya no tiene importancia”, le habría contestado su padre.

El libro también explica que la relación con Bergé fue dañina para Saint Laurent porque este se volvió dependiente de su pareja. Vivieron entre el amor y el odio hasta que el empresario decidió que ya había sido suficiente: “Yves está autodestruyéndose y no quiero estar ahí para verlo”. Aun así, en una de sus crisis mentales, a finales de los 80 a Bergé le tocó negar rumores según los cuales tenía sida. La presión por permanecer en la cima lo volvió adicto a la cocaína. “Ellos me coronaron rey. Pues bien, miren lo que les pasó a otros reyes de Francia”, sentenció alguna vez.

Pero después de cada caída volvió a pararse. En 1999, la empresa italiana Gucci adquirió el Grupo Sanofi Beauté, propietario de YSL, por mil millones de dólares. Su despedida en el 2002 también lo demostró, así como las multitudinarias retrospectivas de su obra en Europa y Estados Unidos, realizadas después de su fallecimiento. Quizá, porque como él mismo lo dijo: “La moda muere, el estilo permanece”.

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