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La depresión está de moda


Acaba de salir un estudio que dice que los antidepresivos no funcionan y que la mayoría de las personas permanecen igual de deprimidas que si en lugar de medicinas reales tomaran placebos. No soy siquiatra ni sicoanalista, pero algo de experiencia me ha dado la vida para aplicarle un poco de sentido común a este tema.
 
Cada vez que veo a una amiga con una cartera llena de pepas de todos colores, como si fueran dulces, pienso que los médicos pusieron de moda lo de la depresión y eso está haciendo estragos. Ellas no pueden vivir sin las famosas pepas, tampoco pueden dormir y, desde luego, no pueden desempeñarse con confianza en la vida cotidiana si no se toman tres o cuatro pastillas al día.
 
Ahora los sicoanalistas recetan los fármacos Prozac, Zoloft y sus similares para todo, y a grandes y chicos. Imagino que los laboratorios farmacéuticos están dichosos, pues esta novedad de la depresión les está reportando muchas utilidades. No quiero decir con esto que no haya personas que realmente los necesiten, pero no se puede generalizar, y hoy en día parece como si la depresión fuera una epidemia.

Estar soltera y no conseguir marido o no tener hijos, da tristeza; tener un bebé y sentarse a llorar porque uno no sabe cómo contentarlo, sentirse cansada y alterada por la falta de sueño, detestar al marido después del parto porque el pobre sabe menos que uno sobre niños, son cosas normales, no depresión posparto. La maternidad no es un pasaje directo al mundo de la fantasía, ser mamá no es algo automático para algunas mujeres. No todas brillan y resplandecen con el amor maternal, también hay que aprender a ser mamá.

Deprimirse porque el marido lo deja a uno por una de 25 es razón suficiente para sentirse desolada, sin que eso signifique un estado de locura. Si uno se casó joven y vivió más de veinte años casada, probablemente no sabe cómo manejar la soledad, las finanzas, el regreso a la vida laboral. Necesita tiempo y una buena amiga que lo oiga a uno, o un sicólogo que le dé herramientas para enfrentar la vida, y no un frasco de pastillas que lo mantenga en las nubes. La amiga y el sicólogo resultan remedios mucho más eficaces si se tienen fuerzas espirituales capaces de sustentarnos. Pero entrar en crisis porque a uno lo botan del trabajo, se quebró o perdió sus ahorros en la pirámide, son solamente parte de los obstáculos que trae la vida, no desórdenes mentales.

Trabajar sin parar cuando uno está metido en un proyecto, deprime, pues la falta de sueño y el cansancio producen agotamiento y bajones de ánimo. Y si las mujeres tenemos más problemas de depresión que los hombres, esto se debe simplemente a que tenemos doble o triple dosis de trabajo. Cuántas mujeres trabajan de ocho a ocho, y cuando llegan a su casa encuentran la ropa del marido tirada, a los niños pidiendo cada uno una comida distinta, la lavadora dañada, el triturador que no funciona, la nevera desocupada, pues no hubo tiempo de hacer mercado, y al marido diciendo que quiere organizar una comida para veinte personas, que pueden ser cuarenta.
Si estas no son razones para sentirse deprimida, no sabría decirles cuáles son. Las mujeres tenemos ahora una carga de trabajo inhumana, pero eso no quiere decir que en lugar de encontrar soluciones para aminorarla uno empiece a tomar Prozac para resolver la situación.

En esta cultura facilista, en la cual predomina la gratificación inmediata, alguien decretó la felicidad a toda costa y no hay cabida a los sentimientos de frustración o de tristeza y dolor. De alguna manera, todos quedamos tranquilos cuando se le pone nombre a un sentimiento. Esto nos da una sensación de seguridad y el letrero de “deprimidas” nos matricula en un club que la sociedad se ha encargado de hacernos creer que es glamuroso.

Por eso, yo creo que ayuda más comer chocolate y conversar con una buena amiga que la famosa pildorita de la felicidad que pretenden ser los antidepresivos.



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