Maria Dalmazzo

Aprender el idioma del agua: reflexiones de una migrante

Por Redacción Fucsia

7/7/2026


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Por Maria Dalmazzo

El Movimiento como forma de vida

Migrar es moverse. Y todo movimiento, aunque sea elegido, remueve. Como el agua que fluye entre las piedras —que se adapta al cauce, que limpia, pero también arrastra—, el agua se estanca, huele mal, se llena de moho, de larvas, se enferma. Así pasa con el alma cuando se queda demasiado quieta. Migrar, en cambio, es volver a poner la vida en circulación, aunque a veces duela.

El cerebro también migra

Hay algo profundamente vivo en empezar de nuevo: el cerebro se despierta, se estira, se incomoda. Todo es estímulo: las calles, los acentos, los olores. La neuroplasticidad se activa y uno aprende a habitar lo desconocido con miedo y curiosidad. Pero el cuerpo también se resiste. Migrar puede ser un ejercicio constante de ansiedad: no saber bien dónde está el supermercado, ni quién será tu amigo, ni cómo reconstruir una rutina. Es el vértigo del que se mueve… pero también la posibilidad de transformarse.

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Hands of Pacific Islander woman catching dripping water | Foto: Semana

Un terremoto, suave, pero terremoto

A veces lo explico así: un pequeño terremoto interior. Las bases que sostienen tu identidad se sacuden y de repente te preguntas: ¿Qué me gusta comer? ¿Cómo quiero que me vean aquí? ¿A quién abrazo cuando todo se siente demasiado? ¿Sí tendré cómo pagar mis cuentas? Hay días en que se siente como libertad, otros como desarraigo. Y sé que tengo la suerte de poder elegir moverme y que no todos migran por decisión. Pero igual despierta el terremoto interno, es la experiencia humana que sigue siendo frágil y compleja.

El idioma de las emociones

Migrar no solo te cambia el mapa: te cambia la voz, los gestos, incluso la manera de sentir. Empiezas a hablar distinto, a oler distinto, a mirar con otros ojos. Y luego está lo invisible: Volver a amar en otro idioma o en mi caso en otro español, descubrir cómo las emociones también se traducen y cambian de acento, cómo uno se sorprende sintiendo distinto —más despacio, más hondo— según la tierra que pisa. Esa parte es la más íntima: cuando la vida te pone nuevos espejos y te ves distinta, más libre en algunas cosas, más frágil en otras. Es como reconstruir una versión de ti que pertenece aquí, aunque todavía no sepa muy bien cómo hacerlo.

Fluir sin certeza

Ser migrante es, en parte, aprender a fluir sin certezas. No tener el control, aceptar el no saber. Hay días que parecen estancados donde la nostalgia pesa como agua densa. Otros días, el movimiento lo limpia todo: llega una conversación, una carcajada, una esquina del barrio que se vuelve tuya. Hay momentos, incluso, en los que perderte se vuelve parte del camino. Recuerdo una tarde conduciendo por Ciudad de México —ciudad que aún no entiendo—, con 3 pisos de puentes, cientos de salidas, un sinfín de recovecos, y mi celular se apagó.

El mapa desapareció y me encontré en medio de la nada sin saber a dónde ir. Esa mezcla de miedo, frustración, al mismo tiempo calma y rendición, me enseñó más que cualquier manual: fluir no siempre es avanzar con certeza, sino moverse igual, aunque no sepas la dirección. A veces perder el mapa es justo lo que te permite mirar el paisaje completo.

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El senderismo y turismo ecológico son actividades para desarrollar. | Foto: &#169 Getty Images

La energía del lugar

No solo es un cambio geográfico, sino energético. Cuando uno llega a un nuevo lugar, hay que quererlo de verdad, abrirle el corazón. Vivir en otro país no se trata solo de trabajar, ahorrar o mandar dinero. Se trata de soltar la idea de que “allá era mejor” y empezar a construir amor por este nuevo lugar.Aprender a amar tu nuevo país no significa olvidar el tuyo. Significa agradecer por el presente, por las oportunidades, por la gente hermosa que aparece en el camino, por su tierra, sus costumbres. Porque la energía se mueve donde se pone la atención. Si uno vive comparando y criticando, el corazón nunca aterriza y se seca por dentro, pero cuando uno se entrega, algo empieza a florecer. Se siente paz.

Lo duro y lo bello

Y sí, migrar también es duro. Es comerse la soledad, la incertidumbre, las pequeñas humillaciones de no saber cómo funcionan las cosas. Es enfrentarse a la burocracia, a otros ritmos, al silencio de no tener historia en un lugar.Pero en medio de todo eso también está la belleza: la de reconstruirte, la de empezar sin atajos y con los ojos abiertos, la de aprender a estar contigo mismo en versiones que aún no conocías.

El agua enseña

Cuando me siento perdida, pienso otra vez en el agua. El agua no se aferra, no se queja, simplemente sigue. Se abre paso incluso entre la roca más dura. Y al final, siempre encuentra su camino. Así es la vida del migrante: un curso que se va armando con cada paso, con cada acción para pertenecer.

Gratitud y bienestar

Creo que el bienestar tiene mucho que ver con eso: dejar que la vida se mueva, aunque no sepamos hacia dónde, pero sí tener claras nuestras metas. Tiene que ver con confiar en que el cambio también es una forma de sabiduría. Porque cuando el agua fluye, se oxigena; cuando nos movemos, crecemos. Y si logramos agradecer incluso en medio del caos, algo dentro se calma.

Migrar es como cambiar de piel, aprender a habitarse otra vez, a quererse distinto, a encontrar belleza en lo que antes asustaba. NO es fácil —el agua en movimiento nunca lo es—, pero es la vida. Y al final de eso se trata, de seguir fluyendo incluso cuando el cauce no está claro. Porque moverse también es sanar, y todo lo que se mueve tarde o temprano encuentra su hogar.

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