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Cerebro de mujer Es más probable que sea una mujer de cincuenta la que inicie el divorcio que su marido. (Foto: Thinkstock)

Imaginamos que te has preguntado muchas veces ¿por qué reacciono así?, ¿por qué mi marido no me habla?, ¿por qué lloro sin razón?, ¿por qué a veces la vida duele tanto? ¿por qué me dominan las emociones?. La respuesta es sencilla: la estructura cerebral de una mujer es, por naturaleza, distinta.

En estos días estaba al borde de un ataque de nervios, como en la película de Almodóvar, sin saber la causa, pensando por qué será que es tan difícil que los hombres nos entiendan… Con esta idea en la cabeza encontré un libro, The Female Brain, escrito por Louann Brizendine. Leyéndolo descubrí algunas de las respuestas que estaba buscando. Imagino que como yo, otras mujeres se han preguntado muchas veces ¿por qué reacciono así?, ¿por qué mi marido no me habla?, ¿por qué lloro sin razón?, ¿por qué a veces la vida duele tanto? ¿por qué me dominan las emociones?

La primera respuesta que encontré es obvia: la estructura cerebral de una mujer es por naturaleza distinta; el ‘cableado’, como digo yo, es diferente. A pesar de que el código genético de un hombre y una mujer es igual en noventa y nueve por ciento, el uno por ciento restante hace la diferencia.
En cuanto al vocabulario, por ejemplo, la mujer utiliza aproximadamente veinte mil palabras por día, mientras que el hombre apenas pronuncia siete mil. ¿Y qué tal cuando uno empieza a hacer el listado de las veces en que el marido no llegó a tiempo, no llamó por teléfono, se le olvidó el aniversario, etcétera? Pues, la respuesta es que los hombres no tienen memoria emocional, por eso, ante esos reclamos no tienen ni idea de qué les están hablando. Uno se ha pasado años resentido por algo que para ellos no existe, que es historia antigua.

Desde el nacimiento empieza a cablearse el cerebro de una manera especial en cada sexo. El principio en el que se basa la organización cerebral es una mezcla de genes y hormonas, aunque no se puede ignorar que el desarrollo posterior resulta de la interacción con otras personas y del entorno que nos rodea.

Las niñas responden a las caras para leer las expresiones y necesitan permanentemente de la aprobación de sus padres, en cambio, los niños “ni se enteran”, pues están demasiado ocupados viendo cómo funciona un juguete o cómo lanzarse a la aventura de conocer el mundo que los rodea.

Esta especie de tsunamis emocionales que padecemos las mujeres sólo ocurren en tres circunstancias de la vida: la adolescencia, el embarazo y la menopausia. El estrógeno domina nuestras vidas para bien o para mal, pues es la hormona capaz de influenciar toda la química del cuerpo.

Durante la adolescencia, las niñas sufren el primer choque químico, el que prepara su cuerpo para la maternidad. Las vemos entonces cómo se obsesionan con la figura, ¿por qué? Su razón biológica de ser es volverse sexualmente deseables. Cuando hablan horas enteras por teléfono hasta desesperar al papá más paciente, están estableciendo las conexiones cerebrales necesarias, influenciadas por la oxitocina, la hormona del apego, para crear un espíritu comunitario, pues las relaciones serán definitivas en el mundo femenino. La agresividad no será un factor que domine sus emociones, como sí lo será el drama. La depresión es prácticamente una enfermedad femenina que tiene una relación directa de causalidad con el estrógeno, la hormona que hace que uno tenga más o menos células de serotonina, la hormona de la felicidad.

Por el contrario, los niños, que son veinte veces más agresivos que las niñas, sufren mucho menos de depresión (cincuenta por ciento la pueden sufrir), organizan sus circuitos alrededor de la competencia, y este será el aspecto que domine su vida de ahí en adelante. Es la respuesta de la testosterona al estrés y a la amenaza.  La estima personal masculina depende de su capacidad de establecer su independencia respecto de los demás; la femenina, de la habilidad para mantener relaciones con los otros.

En cuanto al sexo, vuelve y juega la naturaleza, o sea las hormonas en acción, y mientras que una mujer piensa en sexo de vez en cuando (¿será verdad?), los hombres tienen pensamientos sexuales cada minuto del día, por eso, se la pasan leyendo SoHo. Se supone que por eso nos persiguen, son los cazadores y las mujeres somos las que tenemos el privilegio de escoger. O sea, que la mujer que ansía conseguir un marido rico y con estatus para que la mantenga, sigue su instinto natural de supervivencia, pero cuando escoge un amante buen mozo es solamente por el placer.

Parecería que de alguna manera fuera la biología la encargada de decidir el destino cuando del amor se trata. En el caso de los hombres, es la apariencia, la belleza, el factor que los impulsa, y por eso son capaces de volarse a los 60 con una jovencita de 20 años con facha de modelo; ¡buena la disculpa! Ya veo a los hombres diciéndoles a sus esposas que no es su culpa, que se van por cuenta de la biología.

Pero no todo es desastroso, según dice la autora. En compensación, estos procesos han hecho del cerebro de una mujer una maquinaria perfecta, capaz de manejar toda clase de emociones y conflictos. Y puede ser que los hombres empiecen a envidiarnos. Por eso, las mujeres somos mejores para conciliar y para negociar, en tanto que los hombres son lobos solitarios y buenos guerreros. No sé si sirvan de consuelo todas estas explicaciones, pero al menos comprendí que para poder entender a un hombre tengo que empezar por entenderme a mí misma y a mis tsunamis emocionales.

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