Opinión

Ucrania: el futuro de la moda que no quiere ser aplastado por la guerra

Luz Lancheros, 16/3/2022

Uno de los países más innovadores del mundo en propuestas creativas lucha contra todo para no dejar caer lo que construyó desde 1991.

Luz Lancheros, columnista invitada Fucsia | Foto: Fucsia

Entrevisté a Julie Paskal y a Alina Kachorovska, dos grandes y reconocidas diseñadoras ucranianas y europeas, ocho días antes de la invasión. A pesar de la amenaza inminente, se veían fuertes y optimistas y me hablaron desde lugares de jolgorio. Alina, desde su casa, al lado de su hijo, me contaba cómo, al ser la CEO y tercera generación de Kacho Group, había especializado su propia marca de zapatos en el fitting, pero en uno real: midió los pies de miles de mujeres, lo que le daba la seguridad para decirme en esa mañana que la entrevisté: “Con solo ver tus pies, puedo ver qué zapatos son los perfectos para ti”, me dijo. Y son verdaderos objetos de deseo cuando se repara en sus materiales, hechura y en su diseño sensual y funcional, una genuina preocupación por el fitting. Julie, que también se conectó a esa llamada, me sorprendía por su belleza y sencillez: esa menudita mujer que disfrutó de las últimas noches felices de una ciudad ahora asolada en la incertidumbre era la creadora de piezas arquitectónicas y vanguardistas hechas con tules y boleros, con aires más desenfadados y edgy. Esto fue reconocido al ser la finalista del premio LVMH (el más importante y que corona a grandes talentos emergentes) hace diez años, en su primera versión. Me explicaba, ya en el bar con sus amigos, que su aproximación y abordaje hacia la ropa eran matemáticas. Eso, antes de decirme: “somos fuertes y resistiremos. No tenemos miedo”.

Ambas estaban por fin abriéndose camino en Nueva York, en plena Semana de la Moda, en el lugar que dictamina qué talento emergente, sin importar su origen, sería el que impondría una tendencia, una nueva manera de verse o mostrar y deleitar con una visión innovadora. Y tenían con qué hacerlo: hablaban de Ucrania como un país joven, innovador, creativo y sin atavismos hacia el pasado, del que se habían librado en 1991. O eso parecía.

Ante la invasión oficial, quedé fría. Lo primero que hice fue preguntarles, a través de Kiko, nuestro PR, si estaban bien. Ambas, refugiadas. Y ambas, continuaron con sus marcas, en un enorme acto de resistencia. De hecho, el mismo día de la invasión, Alina abrió su tienda y compartió con el personal. No, no las vencerían. Porque para empezar, a Ucrania jamás la vencieron.

Esto lo aprendieron en todos los siglos de zarismo, en todas las décadas del gobierno soviético (con cuasi-invasión por parte de los nazis, y una tragedia nuclear, como cuenta en sus libros ese monstruo literario y periodístico que es Svetlana Aléxievich), en su propia independencia, en las crisis económicas de este siglo, en la guerra de 2014 y en la pandemia. Como todo país emergente, tenía que dejar el pasado atrás, pero también reinterpretarlo para ir más allá.

Pero la industria de la moda ucraniana fue un paso más adelante que todo el mundo: si para Rusia la caída de la Unión Soviética fue una hecatombe existencial, para Ucrania fue una oportunidad de reinventarse desde cero, de querer su cultura milenaria, a través de los diseños de Lilia Litkovskaya, que crea telas como las dorizhkas, en telares antiguos, con resultados diversos, mostrando cómo los saberes tradicionales se unen al upcycling; pero también permitió ir al futuro: Dress X, que es casi como el Net- A-Porter o el Moda Operandi de la moda digital (sí, de esa ropa que uno se pone solo en la pantalla) fue fundada por Daria Shapovalova y por Natalia Modenova, ucranianas, precisamente. Ambas tuvieron la visión de que algún día ya no se necesitaría ni siquiera vestir ropa como tal, sino que las marcas podrían comenzar a producir ropa para solo una foto o para divertirse en realidad aumentada, sin necesidad de tirar nada. Lo hicieron antes que cualquier conglomerado de lujo, porque Gucci y Louis Vuitton se dieron cuenta de esto mucho después que ellas. Solo algo así podría suceder en Ucrania, que también tiene talentos como Ksenia Schnaider, que hizo virales unos jeans con diferentes siluetas juntas en 2019 y cuyas piezas se adaptan a lo digital, a sus deseos, sentires y al debate sobre qué es “de buen gusto” o “cómo nos pondríamos eso”, en segundos.

Julie y Alina me lo explicaban. “Tenemos tanto talento creativo que está en todos lados”. “Una energía nunca antes vista”. Y eso también lo veo en creaciones como las de Anton Belinskiy, finalista del premio LVMH, Svitlana Bevza (que vende en Net- A Porter) o Kostiantin Kofta, que usa la producción 3D para fabricar complementos surrealistas y geométricos. Tantos talentos que ante la guerra de 2014 y la pandemia se unieron para ayudar a su propia gente, tal y como lo hacen ahora a través de su producción de piezas y en redes sociales. Y que resisten, como siempre han resistido, y que tienen grandes ideas porque su historia ha sido inestable, pero resiliente y poderosa.

Y no, no están solos. A diferencia de la política internacional y sus actores, que decidieron dejar al presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, a su suerte, la industria de la moda y el espectáculo a nivel mundial se ha unido para que todo lo que han construido no se destruya y ellos siguen resistiendo y, por supuesto, creando.

Lo tienen en la sangre, porque lograron ser únicos y visionarios a pesar de soportar a un Iván el Terrible, a un Pedro el Grande, a un Stalin y ahora, a Putin. Porque su voz, una rara avis en un mundo de nostalgias, logos literales y boleros tropicales o artesanías exotizadas, jamás se apagará.

* Las opiniones dadas por Luz Lancheros no representan la opinión de la revista Fucsia.

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