Opinión

La mujer que vi en las fotos

Redacción Fucsia, 18/9/2026

Reconociendo todas las versiones

Cristina Palacio | Foto: Cortesía

Por: Cris Palacio - Club Indómitas

Hace unos días me hicieron unas fotografías para la Revista FUCSIA.

Hasta ahí, todo bastante normal, un excelente fotógrafo, de esos que saben exactamente dónde poner la luz y encuentran ángulos que una misma jamás habría considerado. Cambios de ropa, styling, maquillaje, luces, instrucciones para mover un poco el rostro, bajar el hombro, mirar hacia otro lado y volver a la cámara. “Sonríe” , “ahora más seria”, “gira un poco”, “perfecto”.

Durante la sesión estaba concentrada en seguir las indicaciones y disfrutar la experiencia. No hubo ninguna revelación frente a la cámara. Tampoco apareció música de fondo tipo película mientras yo comprendía, de repente, el sentido profundo de mi existencia.

Pero eso sí ocurrió después, cuando llegaron las fotografías y tuve que escoger.

Empecé haciendo lo que creo que hacemos muchas mujeres cuando vemos una foto nuestra, revisar qué ángulo favorece más, si el cabello quedó bien, qué expresión me gusta, si esta sí, si aquella definitivamente no.

Hasta que, en algún momento, dejé de escoger fotografías y empecé a mirar a la mujer que aparecía en ellas. Me quedé detenida, pues había algo que me llamaba profundamente la atención y no tenía nada que ver con el maquillaje, la ropa o la iluminación.

Era su manera de estar, la energía, la confianza, esa forma de ocupar el espacio sin parecer estar pidiendo permiso para hacerlo. No vi una mujer perfecta a estas alturas de la vida; además, la perfección me parece bastante poco interesante.

Lo que vi fue una mujer cómoda siendo ella y eso sí me impresionó.

Cristina Palacio Autora Neuroliderazgo con Cerebro de Líder CEO Inspira Talento con Cerebro de Líder | Foto: Cortesía

Porque conozco perfectamente la historia que existe detrás de esa mirada que refleja la comodidad de hoy y que en el pasado no existía. Esta es la mujer que conozco desde hace veinte años y la que conozco también de niña.

Durante unos segundos miré a la mujer de la fotografía con los ojos de aquellas versiones mías y tuve una certeza que me hizo sonreír: esa mujer me habría intimidado.

La de hace veinte años probablemente habría pensado que la mujer de la foto tenía todo resuelto, porque sabía siempre qué hacer, sin dudar, caminando por la vida con esa seguridad desde siempre.

La habría observado como a veces miramos desde lejos a otras mujeres, viéndoles el resultado, sin conocer sus procesos. Pero yo sí conozco el detrás de cámaras de esa mujer, donde tuvo muchas tomas que no salieron bien a la primera.

La confianza de la que hablo y que aparece hoy en una fotografía no vino instalada de fábrica; esta se fue construyendo lentamente, a veces con decisiones muy claras y otras avanzando con una cantidad considerable de dudas que nadie alrededor alcanzaba a notar.

Es fascinante que unas fotos me llevaran a concientizarme de que he vivido muchas versiones de mí, donde he sido la mujer que necesitaba demostrar que podía, la que trabajaba demasiado porque durante un tiempo ella confundió valor con capacidad de resistencia, la que tuvo miedo de equivocarse, la que buscó aprobación más veces de las que hoy estaría dispuesta a admitir.

También la ejecutiva que dirigió equipos y operaciones enormes mientras, en algunos momentos, todavía intentaba entender qué quería para ella misma. La empleada, líder, mamá y empresaria.

Cristina Palacio Autora Neuroliderazgo con Cerebro de Líder CEO Inspira Talento con Cerebro de Líder | Foto: FUCSIA

He tomado decisiones difíciles, cerrado ciclos que alguna vez pensé definitivos, he comenzado nuevamente cuando creía conocer bastante bien el libreto y también he celebrado resultados que pensaba inalcanzables.

Por eso aquellas fotografías terminaron significando mucho más que una buena imagen; eran evidencia de recorrido entre diferentes versiones de la misma persona. Mostrando la versión de hoy con más criterio, más historias, algunas cicatrices visibles e invisibles y una manera distinta de habitarme.

Hay momentos en los que creemos saber perfectamente quiénes somos y otros en los que cambia tanto el personaje principal que, si comparamos la primera temporada de la serie que vivimos con la temporada actual, casi parecería otra persona.

Cuando miro hacia atrás, puedo reconocer épocas en las que mi principal preocupación era demostrar que podía, otras en las que necesitaba sentir que pertenecía y también una etapa más reciente en la que empecé a sentir algo distinto, la tranquilidad de dejar de gastar tanta energía explicando quién soy.

Hoy tengo proyectos que apenas están comenzando con decisiones que sigo evaluando y muchas preguntas para las que todavía no tengo respuesta; también tengo sueños que hace algunos años ni siquiera aparecían en mi mapa. También tengo el criterio para elegir personas, proyectos, conversaciones, batallas y aquello a lo que ya no quiero dedicarle mi energía.

Quizá por eso estas fotografías llegaron en un momento especialmente significativo.

Hace poco inicié una mentoría con niñas de una fundación que tiene un propósito precioso y profundamente serio: acompañar a niñas que han vivido situaciones que jamás deberían formar parte de la historia de ningún ser humano, mucho menos de su infancia.

Parte del trabajo consiste en ayudarlas a reconstruir seguridad y confianza.

Y mientras miraba aquellas fotos, pensé inevitablemente en ellas y en la niña que alguna vez fui. Donde entendí con mucha claridad qué es lo que quisiera que quedara en ellas después de nuestras conversaciones.

No quiero prometerles que un día dejarán de sentir miedo. No puedo saberlo.

Tampoco quiero enseñarles que todo lo que sueñen ocurrirá simplemente porque lo deseen con suficiente fuerza. La vida es bastante más compleja que una frase bonita puesta sobre un fondo de colores.

Mucho menos quisiera decirles que “todo pasa por algo”. Hay cosas que simplemente no deberían ocurrir.

Lo que sí quiero que sepan es que aquello que les haya ocurrido no tiene derecho a escribir todos los capítulos siguientes. Una temporada dolorosa puede formar parte de la historia sin convertirse en toda la identidad. La versión que hoy conocen de sí mismas no tiene que ser la que las acompañe para siempre.

Cristina Palacio | Foto: Cortesía

Pueden crecer y cambiar, aprendiendo a elegir distinto, descubriendo capacidades que hoy ni siquiera imaginan y construyendo relaciones diferentes, entrando algún día a lugares que ahora les parecen demasiado grandes y escribiendo temporadas nuevas de la historia que están creando.

Por eso quisiera que alguna de esas niñas, dentro de veinte o treinta años, se encontrara también frente a una fotografía.

Que se detuviera a mirarla y que descubriera en su postura la confianza, comodidad y seguridad que algún día creyó imposibles. Que recordara a la niña que fue y pudiera verla con respeto, sin juzgarla por haber sentido miedo y sin avergonzarse de aquello que no sabía hacer todavía.

Me gustaría que pudiera pensar: “¿Viste? Llegamos, ¡lo logramos!”. Esa idea se quedó conmigo porque, mientras elegía las fotografías, apareció en mi cabeza y, casi inmediatamente, me pregunté qué significa realmente lograrlo.

No creo que sea acumular cargos, tampoco tener una empresa, publicar un libro, aparecer en una revista o alcanzar determinado punto de una carrera. Todo eso puede ser importante, claro, pero hay otro tipo de logro mucho más silencioso.

Poder mirar a la mujer en la que te has convertido y sentir que te representa, reconocer sus decisiones, entender sus cicatrices,saber de dónde salió su confianza y sentir que, aunque todavía haya mucho por vivir, te gusta compartir la vida con ella.

Eso fue lo que sentí mirando esas fotografías.

Me gustó la mujer que vi; me gustó su mirada, su energía y esa manera de ocupar su espacio y creo que me gustó todavía más porque podía imaginar a la niña que fui observándola desde lejos. Seguramente se habría intimidado un poco y tal vez, después del susto inicial, se habría acercado a preguntarle “¿De verdad vamos a llegar hasta allá?” y hoy podría responderle que sí, pero no exactamente como ella lo está imaginando.

Vamos a equivocarnos bastante y también vamos a cambiar de opinión; habrá personas que modificarán nuestra historia y otras de las que tendremos que aprender a despedirnos. Cerraremos ciclos que parecían permanentes y empezaremos de nuevo cuando pensábamos que comenzar era un asunto reservado para gente mucho más joven.

Habrá días en los que nos sentiremos fuertes y otros en los que no tendremos ni idea de qué estamos haciendo y vamos a vivir muchas vidas. Y quizá ahí esté una de las libertades más bonitas de crecer, descubrir que no estamos obligadas a permanecer para siempre en una versión de nosotras mismas solo porque alguna vez nos funcionó.

No reniego de ninguna de las mujeres a las que fui, porque las necesité a todas, a la que quería demostrar, a la que dudaba, a la que buscaba aprobación, a la que trabajaba demasiado y a la que alguna vez no supo qué hacer. Todas hicieron su parte, pero ninguna tiene que decidir quién seré después.

Cuando terminé de escoger las fotografías, entendí por qué aquella mujer me había llamado tanto la atención.

No fue la ropa ni el maquillaje, fue reconocerla.

Después de tantos capítulos, tantas temporadas y tantas vidas vividas dentro de una misma vida, pude mirarla y decirme sí, esa soy yo.

Y la mejor parte es que todavía no es la versión final y confieso que tengo mucha curiosidad por conocer a la mujer que aparecerá en las próximas fotos.

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Las opiniones expresadas en este espacio pertenecen exclusivamente a su autor y no reflejan necesariamente la postura editorial ni los valores de Revista Fucsia.

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