
El jardín de las amistades
Por Redacción Fucsia
Nos enseñaron a regar. No a distinguir qué tenemos sembrado.
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Por: Martha Abdallah Pastrana — Club Indómitas
Casi ninguna mata se muere de abandono. Se mueren de confusión: alguien las riega creyendo que tienen sed, las saca al sol creyendo que tienen frío, las cambia de sitio para que estén mejor. Se mata por exceso de buena intención.
Con las amistades pasa igual. Lo que se dice es lo contrario: que hay que regarlas, que la que no se cultiva se seca. Buen consejo para la albahaca. Pésimo para el resto. Del cactus y la suculenta ya está todo dicho. Me interesan las que no sabemos leer.
Tengo una amiga desde primaria. Hace años que no nos vemos y casi no hablamos: el chat se abre dos o tres veces al año, casi siempre por los cumpleaños. Y cuando se abre no hay que ponerse al día. Ninguna se disculpa por el silencio ni dice tanto tiempo. La conversación arranca donde iba: la última vez hablamos de su trabajo y de la pensión que ya se le acerca, como si nos hubiéramos visto el martes. Si le aplicara la regla del riego tendría que darla por perdida hace rato. Y no está perdida: hay vínculos que no se rompen aunque nadie los sostenga. Esa no es una mata. Es un árbol.
Los botánicos lo llaman la timidez de las copas: en ciertos bosques, las copas de los más altos no llegan a tocarse, dejan entre una y otra unos canales de cielo, unos ríos de luz, y crecen cuidando ese vacío. No es desamor ni descuido, está estudiado: es deliberado, se protegen del roce dándose aire. Y abajo, donde no se ve, las raíces sí se tocan: comparten el mismo suelo y ahí se sostienen en la tormenta. Arriba distancia, abajo una sola tierra.

La ecóloga canadiense Suzanne Simard dedicó su carrera a medir ese subsuelo. Demostró que los árboles se pasan carbono y nutrientes por una red de hongos enredada en las raíces, y que los más viejos, los que ella llama árboles madre, encogen las raíces para dejarles sitio a los pequeños. Un plantón conectado a esa red sobrevive hasta cuatro veces más que uno solo. Cuatro veces, sin que asome a la superficie. Otros científicos le discuten hasta dónde llega esa red y advierten que no funciona igual en todos los bosques. Así como con las amistades.
En mi casa el jardín era de mi mamá, y de niña yo cantaba a grito herido la canción “El jardinero” sin sospechar que era un pronóstico. Ella no les habla a las plantas ni lleva cuentas de nada, pero no les falla un día y sabe cuál pide sol y cuál pide esquina. Hoy ya no tiene patio: vive en un apartamento y ahí sigue, con su hierbabuena y un olivo que le mandé traer, con paciencia de costeña que le discute el clima a un árbol del Mediterráneo. Lo que le vi hacer toda la vida es lo único que sirve: primero averiguar qué mata es, después decidir cómo se la quiere.
A la semilla pirófila se le lee la quietud como final, y es espera. Solo germina después de un incendio: puede pasar décadas enterrada, sorda a todas las lluvias buenas, hasta que pasa el fuego. No es poesía, es química, la resina que la sella únicamente cede con el calor. Así vuelven ciertas amistades cuando la vida quema algo. Nos pasó a muchos con el encierro: gente que llevaba años bajo tierra reapareció completa, sin explicación. No estaban perdidas. Estaban selladas.
La orquídea, que no vive de la tierra sino del aire, florece de una manera que no se olvida y después se apaga. Ahí está el error más común: darla por muerta. A la orquídea apagada hay que llevarla a la penumbra, porque no le gusta que la vean sin flores. Quien la bota, bota una planta viva. Con esa amiga que desaparece cuando le va mal, no se pregunta en público cómo va todo. Se le arrima el agua, se le respeta la sombra y se espera. Del mismo tallo, con paciencia, vuelve a salir la vara.

A la veranera se le lee la fuerza como que no necesita a nadie. Esa trinitaria que trepa las tapias de mi Caribe florece más cuanta menos agua recibe: es el estrés lo que la dispara, y si la podan, se multiplica. Conozco a una amiga igual, que en su peor año apareció más luminosa que nunca. A esa no se la compadece ni se la ahoga en mimos, que el mimo la apaga. Se la admira.
También están las que sí piden agua diaria. La albahaca, el cilantro, las del almuerzo de todos los días, que se marchitan a la semana de descuido y viven del holaaa sin motivo, de la llamada de tres minutos entre dos afanes. A esas, si una se distrae, las pierde. No se trata de regar menos, sino de no regar a ciegas.
Yo tengo mi lista: he asoleado helechos, he botado más de una orquídea que solo pedía penumbra, y he insistido con quien lo que necesitaba era aire. De esas equivocaciones uno se entera tarde, cuando ya no hay nada que regar.
Wisława Szymborska le dedicó un poema entero al silencio de las plantas. La polaca les hablaba y se sabía sus nombres —arce, cardo, enebro, nomeolvides—, y anotaba que ellas no tenían ninguno para ella: una curiosidad que ellas nunca le devolvieron. Escribió que la conversación con ellas es necesaria e imposible. Mi mamá resolvió el asunto sin poema: no les habla. Les cumple.
Epicuro montó su escuela en un huerto a las afueras de Atenas hace más de dos mil años, y a sus discípulos los llamaban los del jardín: entre esas matas cultivaba, sobre todo, la amistad. Dejó escrito que la amistad es el mayor bien de una vida sabia, y que importa menos qué comes que con quién te sientas a comer.
A mí me queda un jardín desigual: matas que riego a diario, orquídeas que dejo apagarse tranquilas, veraneras que la sequía enciende, semillas que esperan su fuego. Y están los palos de mango, sembrados hace cuarenta años, que dan sombra sin que uno haga nada. Esos no me los gané. Solo tuve el buen juicio de no talarlos.
¿Qué hay en tu jardín?
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