
¿Qué tan libre es alguien a tu lado?
Por Redacción Fucsia
El derecho —y el deber— de disentir
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Por: Ana Rocío Sabogal H. - Club Indómitas
Una orquesta no alcanza la armonía porque todos sus músicos toquen la misma nota.
Eso sería unísono.
Puede ser hermoso durante algunos compases, pero una obra entera construida así perdería buena parte de aquello que la hace música: los distintos timbres, las entradas, los silencios, las tensiones, las voces que se encuentran sin dejar de ser diferentes.
La armonía necesita diferencia.
Con las personas ocurre algo parecido.
Nos enseñaron a valorar el acuerdo: una buena pareja se entiende, una familia unida se lleva bien, un equipo sólido está alineado, una amistad verdadera conoce al otro casi sin necesidad de hablar.
Hay algo cierto en todo eso. Pero también hemos confundido armonía con estar de acuerdo. Y no son lo mismo.
Durante años, en los equipos que he liderado, he defendido una idea sencilla: las personas tienen derecho a diferir en sus opiniones. A preguntar. A advertir. A decir que ven algo diferente. A proponer otro camino. Siempre de manera respetuosa.
Durante mucho tiempo pensé que esto era solo un principio de liderazgo. Hoy creo que tiene que ver con algo más profundo: con la libertad que somos capaces de permitir en cualquier vínculo.
Porque es fácil aceptar la libertad del otro mientras esa libertad confirme nuestra manera de ver el mundo. La dificultad aparece cuando no lo hace.
Cada persona llega a una conversación desde un lugar que nadie más ocupa, de la misma manera, en el mundo. Trae una familia, una educación, una época, experiencias que la confirmaron y otras que la hicieron desconfiar. Trae convicciones, temores, conocimientos, huellas, lealtades. Lo que llamamos “mi manera de ver las cosas” es el resultado de todo un recorrido.
Por eso, dos personas pueden vivir el mismo hecho y experimentarlo desde realidades distintas.
Todos miramos desde un lugar diferente y ese lugar importa.
Sin embargo, cuando alguien piensa distinto, nuestra reacción suele ser muy rápida.
“Le falta información”
“No entendió”
“Está interpretando mal”
“No conoce todo el contexto”
Puede que alguna de esas cosas sea cierta. Pero muchas veces llegamos a esa conclusión antes de haber comprendido realmente lo que el otro quiso decir.

Escuchamos listos para corregir, como si comprender tuviera por finalidad llevar al otro, tarde o temprano, hasta el lugar donde ya estamos nosotros. Pero escuchar es otra cosa.
Escuchar no es corregir una conciencia ajena hasta que se parezca a la propia.
Es intentar comprender desde qué lugar esa persona llegó a pensar lo que piensa. Incluso una idea que no comparto puede contener información, puede mostrarme una experiencia que desconozco, una preocupación que no había considerado, una consecuencia que desde mi posición no era visible o un valor al que el otro concede un peso diferente.
El otro puede no tener razón y, aun así, tener razones.
Esa diferencia me parece fundamental.
Comprender esas razones no significa adoptarlas. Significa reconocer que detrás de una opinión existe una historia desde la cual esa opinión adquiere algún sentido. Y a veces eso basta para ampliar nuestra mirada: un colaborador puede ver un riesgo que su jefe no percibe, una amiga puede advertirnos algo que preferiríamos no escuchar, alguien mucho más joven puede formular una pregunta que desordene una certeza construida durante veinte años, una pareja puede vivir de manera distinta una misma conversación.
“Yo no quise hacerte daño” y “a mí me dolió” pueden coexistir sin que una experiencia tenga que borrar a la otra.
La diferencia no siempre llega de manera cómoda. A veces incomoda, llega a destiempo o utiliza palabras que nosotros no habríamos elegido.
Y frente a esa incomodidad queremos resolver rápido.
Aclarar.
Explicar.
Convencer.
Cerrar.
La música conoce bien esa tensión.
Hay notas cuya convivencia produce una sensación que pide movimiento. La disonancia no necesariamente es un error; puede ser parte esencial de una obra. Sin ella, la música perdería profundidad. Quizá nosotros también intentamos resolver demasiado rápido cualquier disonancia humana.
Y no toda diferencia necesita desaparecer; algunas necesitan ser comprendidas.
Otras, simplemente, necesitan tener un lugar.
Dos personas pueden quererse y pensar distinto. Pueden respetarse y llegar a conclusiones opuestas. Pueden permanecer cerca sin convertirse en una sola manera de interpretar el mundo.
La intimidad no debería exigir renunciar a la individualidad.
Estar cerca de alguien no debería significar convertirse en su eco.
En una orquesta cada instrumento conserva su voz. El violín no demuestra compromiso intentando sonar como el oboe. El contrabajo no pertenece menos porque su registro sea otro.
Participan de algo común desde aquello que los distingue.
Y permitir que otro instrumento conserve su sonido no disminuye el nuestro.
Quizá ocurra lo contrario.
Escuchar los demás instrumentos puede ayudarnos a reconocer mejor el propio: cuándo entrar, cuándo sostener una nota, cuándo bajar la intensidad, cuándo dejar espacio y cuándo descubrir que aquello que creíamos completo era apenas una parte de una composición mayor.
La presencia de otras voces no debilita la nuestra. Puede volverla más consciente.
Pienso mucho en esto cuando reflexiono sobre el liderazgo.
Una orquesta necesita dirección. Alguien interpreta, marca un tiempo y asume una responsabilidad. La existencia de múltiples voces no elimina la autoridad.
Y dirigir no consiste en lograr que todos los instrumentos reproduzcan la voz del director. Algo parecido sucede en una empresa.
Alguien tiene que decidir. No toda decisión puede tomarse por consenso. Pero precisamente porque alguien tiene autoridad para decidir, necesita acceso a aquello que otros están viendo.
Ningún cargo concede omnisciencia.
Ninguna experiencia elimina los puntos ciegos.
Por eso escuchar otras voces no debilita el liderazgo.
Fortalece la calidad de la información con la que se toman las decisiones.
Un líder puede escuchar una objeción y mantener su decisión. La autoridad no se pierde porque exista discrepancia. Al contrario: hay una forma de fortaleza en no silenciar a otros para sostener una posición.
El problema es que el poder cambia la manera en que los demás hablan frente a nosotros.

No hace falta prohibir el desacuerdo: las personas aprenden del rostro que ponemos cuando escuchamos algo que no nos gusta. De la rapidez con que nos defendemos. De la ironía. De lo que ocurre después con quien hizo una advertencia incómoda.
Toda relación desarrolla su propia acústica.
Hay lugares donde una voz puede sonar completa.
Y otros donde, poco a poco, aprende a bajar el volumen.
Sucede en las empresas y sucede en las familias, las parejas y las amistades.
A veces nadie dice “aquí no puedes pensar eso”. Basta con que el costo de expresarlo, incluso a través de un gesto, sea suficientemente alto.
Entonces aparece el silencio.
Y el silencio puede engañarnos.
Puede parecer paz.
Puede parecer un acuerdo.
Puede parecer armonía.
Cuando en realidad puede ser solamente una voz que dejó de sonar.
Y es que en algunos momentos, disentir también es un deber: callar un riesgo, una información relevante o algo que puede evitar daño no siempre es prudencia ni lealtad. A veces, acompañar de verdad exige hablar con respeto, aunque resulte incómodo.
Hay silencios que cuidan. Y hay silencios que abandonan.
Disentir tampoco significa imponer.
Se puede sostener una convicción sin descalificar. Advertir sin condenar. Preguntar sin acusar.
El derecho a disentir trae entonces una doble responsabilidad: la de quien habla, por la manera en que expresa su diferencia, y la de quien escucha, por el espacio que sabe concederle.
Escuchar de verdad exige suspender, por un momento, nuestra necesidad de responder, no nuestro criterio.
Antes de decidir quién tiene razón, vale la pena comprender qué experiencia, información, temor, valor o historia hace posible que el otro vea aquello de esa manera.
Después llegará el discernimiento.
Habrá ideas que incorporaremos. Otras apenas modificarán un matiz. Algunas no cambiarán nada. Pero haberlas escuchado puede habernos ampliado la mirada. No significa cambiar de lugar cada vez que alguien habla. Significa recordar que el lugar donde estamos parados no es el único desde el cual puede verse el mundo.
En la empresa, esa conciencia mejora nuestra capacidad para decidir.
En la vida, permitir que los demás toquen su instrumento no nos obliga a abandonar el nuestro.
Podemos conservar nuestra nota y quizá tocarla mejor después de haber escuchado el resto de la orquesta.
Al final, la riqueza de una orquesta no está en conseguir que todos interpreten lo mismo.
Está en hacer posible que voces distintas, sin dejar de ser distintas, construyan juntas algo que ninguna habría podido crear sola.
La libertad que ofrecemos a quienes están a nuestro lado no consiste en permitirles parecerse a nosotros.
Consiste en que puedan conservar su voz sin temer que la diferencia les cueste su lugar.
Quizá esa sea una de las formas más profundas del respeto: poder seguir perteneciendo sin tener que sonar igual.
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Las opiniones expresadas en este espacio pertenecen exclusivamente a su autor y no reflejan necesariamente la postura editorial ni los valores de Revista Fucsia.




