
Lo que me estaba matando en silencio
Por Redacción Fucsia
Hay heridas que no hacen ruido. Se instalan despacio, se disfrazan de fortaleza y, cuando queremos reaccionar, llevan años ocupando nuestra vida.
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Por: Zaidy Mora - Club Indómitas
Hay una pregunta que me ha acompañado durante los últimos años y que, cada vez que vuelve, me obliga a detenerme: ¿en qué momento una mujer deja de vivir para empezar simplemente a resistir?
Durante mucho tiempo pensé que lo que más me dolía era perder. Perder una relación, un sueño, una parte de la vida que había imaginado distinta. Estaba convencida de que el tiempo terminaría acomodándolo todo y que algún día despertaría sintiendo que el pasado había dejado de pesar. Esperé ese momento durante años, hasta que entendí que nunca llegaría por sí solo. El tiempo no sana. El tiempo solo pasa. Somos nosotras quienes decidimos si seguimos viviendo alrededor de la herida o si, finalmente, encontramos el valor para dejar de llamarla hogar.

La verdad apareció el día en que comprendí que no estaba aferrada a una persona. Estaba aferrada a la mujer que había aprendido a ser para no perderla. Y esa mujer vivía cansada. No por trabajar demasiado ni por las responsabilidades de la vida. Estaba agotada porque llevaba años intentando demostrar que podía con todo. Había convertido la fortaleza en una obligación y el silencio en una forma de supervivencia.
Creo que muchas mujeres conocemos ese lugar. Nos enseñaron que una buena mujer resiste, que una buena mujer siempre encuentra una razón para quedarse y que poner límites es una forma de egoísmo. Poco a poco empezamos a medir nuestro valor por todo lo que somos capaces de soportar. Sonreímos cuando estamos agotadas, respondemos que todo está bien cuando por dentro sentimos que algo se rompió hace mucho tiempo y seguimos cuidando de todos mientras dejamos nuestra propia vida para después.

Lo más peligroso es que, desde afuera, nadie alcanza a verlo. Seguimos cumpliendo con nuestras responsabilidades, trabajando, acompañando, resolviendo y sosteniendo a quienes amamos. Nos convertimos en esas mujeres que todos admiran porque parecen inquebrantables. Lo que casi nadie imagina es el desgaste silencioso de vivir interpretando un personaje que ya no se parece a quien realmente somos.
Yo también confundí fortaleza con resistencia. Pensé que ser fuerte significaba no quebrarme nunca, responder siempre, seguir adelante aunque por dentro estuviera completamente agotada. Hoy creo exactamente lo contrario. La verdadera fortaleza comenzó el día que tuve el valor de reconocer que ya no quería seguir viviendo para cumplir expectativas que ni siquiera eran mías.




