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Larga vida a Kate Moss

Lila Ochoa

Larga vida a Kate Moss Foto: Cortesía Basement

Acaba de cumplir 40 años, de los cuales 25 ha sido modelo, y aún se encuentra en la cima de su carrera. Con motivo del lanzamiento de su nueva campaña para Falabella, FUCSIA la entrevistó en Londres, en exclusiva.

Son las seis de la tarde en Londres y espero pacientemente el aviso de que Kate Moss está lista para recibirme. La idea es disponer de quince minutos con la famosa modelo que, por cierto, es renuente a dar entrevistas. “Nunca quejarse, nunca explicar”, es uno de sus lemas. Las más de 300 portadas de revistas que ha protagonizado muestran cómo ha sabido manejar un alto perfil en el silencio. No es fan de las redes sociales y alguna vez confesó que la primera palabra de su hija Lila fue “nazzi”, versión infantil de paparazzi.

Kate es la protagonista de la nueva campaña de Falabella, grabada en el histórico astillero de Chatham, al sur de Londres, levantado en 1785, según lo registra la placa adherida a uno de sus muros. Es un lugar bellísimo, de construcciones de ladrillo y caminos empedrados que abren paso a espacios inmensos y fotogénicos, que tienen de fondo el rumor de las olas del mar. Llegué al sitio de la filmación después de una hora de viaje en medio de la niebla y de un frío intenso.

No es fácil acercarse al lugar donde está la acción, pues un equipo de cerca de 150 personas rodea a Kate todo el tiempo. Su gente la protege y no permite que ningún extraño, y menos un periodista, se le acerque. Bajo algunas carpas instaladas para la ocasión se ofrecen bebidas calientes y los sándwiches de salmón típicos de los ingleses, pues el trabajo es largo y hay que mantenerse despierto. Kate posa sin parar, se mueve con la sensualidad de una gata y el profesionalismo que le han dado sus 25 años en el medio. Con unos tacones altísimos, toda vestida de negro, posa para los fotógrafos sentada en un nido. Se ve tan hermosa como en las campañas publicitarias y no revela en absoluto sus 40 años. Una edad a la que resulta muy raro continuar activo en una profesión ejercida por ella desde la adolescencia y que normalmente consume a las modelos, que lucen envejecidas muy pronto. En 2011, durante un desfile de Louis Vuitton, el diario sensacionalista Daily Mail intentó llamar la atención sobre la aparición de ciertas arrugas en la cara de Moss, pero ella le restó importancia al incidente diciendo: “¿no es un tabloide?, ¿acaso no se meten con las tetas de todo el mundo?”. Lo cierto es que sigue siendo la musa de leyendas como Mario Testino y Peter Lindbergh, y recibe alrededor de 400.000 dólares por una sola jornada frente a las cámaras.

Figura inesperada

El equipo trabaja sin parar. Como el momento de la entrevista se demora, Eric Knorpp, fotógrafo estadounidense radicado hace 23 años en Chile y amigo de infancia de Kate, accede a contarnos un poco de su experiencia al lado de la que ha sido llamada “la supermodelo de todos los tiempos”. Él es el encargado de hacer las fotos para la campaña de Falabella y accede a sentarse tranquilamente en el interior de una furgoneta a relatarme su historia: “es muy fotogénica, es bellísima. La luz la favorece y sabe cómo buscarla. Kate es natural, su experiencia sale a flote”. Knorpp se reencontró con ella hace veinte años en la agencia de modelos Storm. Su figura de un 170 centímetros, delgada y plana, lo sorprendió. En ese momento, allá por los años ochenta, las modelos más famosas eran grandes, tenían curvas y se veían más musculosas, como era el caso de Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Linda Evangelista y Naomi Campbell. “Un poco como yeguas –afirma el fotógrafo–, ella era distinta, pequeña, tan bajita como yo y con un aire andrógino”.

En aquella época, la persona encargada de escoger nuevos talentos, Sarah Doukas, decidió arriesgarse y su apuesta dio resultado. Hoy Kate continúa trabajando para la misma agencia y tiene la misma representante, quien descubrió por casualidad a la jovencita de 14 años nacida en Croydon, un municipio de Londres, en el aeropuerto JFK de Nueva York. Los papás de la modelo, un agente de viajes y una camarera, le dijeron que si quería seguir ese rumbo no contara con ellos.


Una jovencísima Kate Moss en una de sus primeras campañas publicitarias. Foto: Redes Sociales

Así que Kate llegó a su primera sesión fotográfica sola, vistiendo su uniforme de colegio. Abandonó sus estudios, y a los 15 trabajó para John Galliano, quien quedó impresionado por haber encontrado un “diamante en bruto”. Al año siguiente fue la portada de la revista Face, ocasión en la que posó topless para Corinne Day. Este episodio suscitó la única queja que Moss haya lanzado alguna vez contra la industria, cuando afirmó que aquel día se sintió presionada por el temor a no recibir otra oferta si no se desnudaba.

Desde entonces todos desearon a Moss: con ella relanzaron Harper’s Bazaar y, según los directivos de W, sobrevivieron gracias a su magia. Fue así como obtuvo un contrato de ocho años con Calvin Klein, cuya campaña inicial cambió los parámetros de la belleza para siempre: entre tanta “amazona”, “la chica esquelética” se convirtió en su apodo, y el término heroin chic definió su estilo. Entonces las acusaciones de anoréxica y drogadicta empezaron a acompañarla, pero ella simplemente comentó que con tanto ajetreo era normal adelgazar y saltarse las comidas. Pero pese a estas connotaciones perversas, pocas modelos pueden darse el lujo de haber iniciado una revolución cultural de este tipo.

“Kate Moss se convirtió en un ícono, lo es y seguirá siéndolo, sin ser perfecta”, agrega Knorpp, el fotógrafo. Ella misma no creía que tuviera mucho potencial debido a sus “piernas cortas, algo curvas, y a sus dientes torcidos”. Sin embargo, no faltaron los críticos que tildaran su belleza de “universal y democrática”. Cuando se tiene el privilegio de verla posar se hace evidente el porqué las grandes marcas como Burberry, Chanel, Louis Vuitton, H&M, Bulgari y Dior, entre otras, la buscan todo el tiempo: delante de la cámara la modelo se transforma, transmite frescura, es prácticamente imposible tomarle una mala foto. Le pregunto a Eric si usan mucho retoque digital. Según él, Kate personalmente revisa y aprueba cada imagen que se va a publicar y para que esta se vea natural trata de hacerle los menores retoques posibles.

La última supermodelo

Sigo a la espera y ahora el turno de entretenerme es de Valerie Garland, su maquilladora personal. Para ella, la estructura ósea de la cara de Kate la hace un lienzo que espera la mano experta del pintor para convertirse en obra de arte. “Cuando la luz le toca el rostro, la imagen es perfecta –dice–, la cámara la adora y ella sabe cómo moverse en su presencia”. Lo que más admira Garland es su carisma y la facilidad que tiene de comunicarse con personas de todos los estilos: “siempre se acuerda de los nombres”, agrega la maquilladora, que trabaja con ella desde 1991. Son un equipo y se tienen tal confianza que se siente como en familia trabajando para ella. Valerie no oculta su admiración cuando llama a Kate Moss “la última de las supermodelos”. Esa es una opinión generalizada entre quienes se mueven en esta industria.

Para el profesor británico Ellis Cashmore, autor del libro 'Celebrity Culture', así como su físico no es perfectamente aburrido, tampoco lo es su vida: “fue muy documentado su hábito de salir con hombres controvertidos, como el músico Pete Doherty. Cuando en 2005 se destapó el escándalo de que supuestamente había sido vista consumiendo cocaína, muchos anticiparon el final de su carrera y algunas marcas le cancelaron sus contratos. Pero volvió más fuerte que nunca”. Al poco tiempo Kate estaba de regreso con Burberry y Chanel y sus ganancias habían pasado de tres a casi siete millones de dólares. Mientras tanto ella, como suele hacerlo, mantuvo estricto hermetismo, lo que contribuyó a que se definiera su aura enigmática. Por eso la han calificado de ser una gran actriz de cine mudo; y es que aunque su espíritu libre transmite la sensación de que simplemente es fiel a ella misma y hace lo que le place, es un camaleón que se transforma en los diferentes personajes que interpreta de acuerdo a como se viste. “¿Quién soy?”, le preguntó a John Galliano cuando vistió el traje de novia que él le había diseñado para su boda con el roquero de The Kills, Jamie Hince. “Eres una rosa inglesa, pero cuando el novio te retire el velo verá tu disipado pasado”, le contestó. El de niña rebelde ha sido su gran papel, tanto, que se burla de que al entrar a la iglesia pensó que “ardería en llamas”.


Instantánea de la boda la modelo y Jamie Hince. Foto: Redes sociales

Cashmore agrega que difícilmente habrá otra como ella: “en la actualidad la publicidad usa celebridades multipropósito, no especializadas en ser modelos. Cara Delevingne, la que más suena para sucederla, ya hizo su debut en una película”. Por su parte, Elinor Renfrew, directora asociada de Diseño en la Universidad de Kingston, opina que “se necesita verdadera fortaleza para mantener la corona. Kate Moss la tiene, porque ella es todo lo que ha querido ser. Su gran ambición la ha mantenido motivada para seguir gobernando el juego”. El hecho de que lleve cerca de doce horas de filmación nos lo confirma. Un helicóptero la llevó al medio día al astillero y desde entonces no ha parado de trabajar, ni siquiera se queja de hambre o de frío. Está acostumbrada a estas largas jornadas y ni se inmuta. Parece como si sacara fuerzas de la nada.

Y llega el momento de presenciar cómo Kate se convierte en un ave que llega a su nido: la modelo se sienta en este y hace como si despegara el vuelo con sus brazos. Las siguientes fotos se van a hacer en un estudio. En medio de estas escenas tuvimos la oportunidad de conversar con Kathy England, la estilista y consultora de personajes como Tom Ford y Riccardo Tisci. Ha trabajado en desfiles de Haider Ackermann y Ann Demeulemeester, se podría decir que realmente es una experta en moda. Viaja por el mundo escogiendo prendas interesantes y se inspira en la música, pues tiene muchos amigos como The Rolling Stones. Ella es la encargada de buscar y combinar las prendas que va a usar Kate, al fin y al cabo, son amigas y tienen gustos parecidos. Según ella, la moda de los años ochenta no le sienta nada bien a la Moss. “Los cinturones anchos y las hombreras no son para ella. No le gustan las prendas raras y consciente de qué la favorece y qué no. Kate es muy femenina y suave, y le aporta energía a la ropa. Es fácil vestirla, puesto que es proporcionada y tiene unas piernas muy sexis.”

El director del comercial es Martin Romanela, un argentino radicado en Viena. Ya había trabajado con ella en otra campaña para Basement y sabe perfectamente cómo se mueve y qué esperar de ella pues, haga lo que haga, transmite un halo único de sofisticación: “ella es moda”, sentencia. Ha trascendido la fugacidad de distintos movimientos: mientras Twiggi fue el símbolo de los sesenta y Lauren Hutton de los setenta, Moss empezó representando el grunge a inicios de los noventa, luego siguieron la estética boho chic y la skinny roquera. Además, hizo del modelaje un trabajo creativo que deviene en arte. No es casualidad que el artista Marc Quinn exhibiera en el Museo Británico una estatua de oro a su imagen y semejanza. 

Un poco cansada a causa de la espera, llego a un galpón, lugar donde finalmente se llevará a cabo la entrevista. En ese momento nos divisa Viviane Ventura, amiga personal de Kate y encargada de manejar su agenda. Ella nació en Londres pero pasó su infancia en Colombia. Regresó a Inglaterra en 1958 y empezó su carrera como actriz junto a actores de la talla de Anthony Quinn y Peter O’Toole. Su hija, Sheherazade, es en la actualidad la compañera de Alfonso Cuarón, el mexicano que se ganó el Óscar al mejor director por la película Gravedad. Viviane me advierte que Kate está agotada y que por lo tanto la entrevista debe ser breve. 

Y así es. Apenas al saludarla me doy cuenta de que a pesar del ajetreo mantiene su buen sentido del humor. Como es lógico, se me ocurrió regalarle una bolsa de café colombiano: “¿de Colombia?, pensé que me habías traído algo distinto”, me dice con una sonrisa pícara que rompe el hielo.

El efecto Moss


Si bien es cierto que la palabra “ícono” está desgastada y raya en el cliché, Kate Moss es quizá una de las pocas que la merece. Sin embargo, ella no se presenta como tal: “En realidad no me siento así. Lo que hago es un trabajo en el que me permito vestir lo que me gusta y verme como quiero”. Es difícil pensar que sus palabras no sean producto de una falsa modestia, tratándose de la mujer cuya figura ha inspirado a grandes artistas. “No me siento como una musa. Para mí es un gran honor el haber colaborado con tantas personas talentosas, muchas de las cuales han sido visionarias del mundo de la moda o de distintos ambientes creativos”. Y ella misma lo ha sido. Los temidos paparazzi se han encargado de popularizar su estilo. Cuando decidió celebrar sus 30 años con un vestido de lentejuelas de la década del treinta, inspiró a Tom Ford a sacar una colección con el mismo toque. “No sé si Kate usaría esto”, es un planteamiento que Galliano reconoce haberse hecho algunas veces. Ella garantiza que no le gusta seguir las tendencias, que ha usado ropa de segunda, incluso destinada a la caridad. Y aunque no se considera diseñadora, desarrolló su propia línea (durante la semana de lanzamiento alcanzó ventas superiores a los 5,5 millones de dólares), y afirma ser capaz de convertir una bufanda en todo un atuendo. Reconoce que posee la amenaza perfecta para su hija: si no come no podrá usar nada de su clóset.


Sesión de fotografías para la revista Play Boy. Foto: Redes sociales

“La verdad es que me siento muy inspirada por cada una de las cosas que hago a diario y por los proyectos en los que me involucro. La moda es una industria en constante evolución y movimiento, lo que lleva a que cualquier cosa que haga sea diferente a la anterior y me permita seguir estando feliz”. Y sin duda vigente también. En un mercado caracterizado por lo efímero, ella, a una edad en la que muchas modelos se dedican a escribir sus memorias en el retiro, no tiene entre sus planes cercanos una autobiografía: “no, hasta que tenga unos 105 años. No puedes publicar un buen libro sin revelar todos tus secretos y no pienso hacerlo en mucho tiempo”.

Lo curioso es que su secreto para mantener tanta belleza se limita a un buen encrespador de pestañas y a un protector solar. “No tengo otros rituales que confesar”. Pero Kate Moss hace mucho demostró que su éxito va más allá de la apariencia. Ella es moda, arte, tendencias, cultura, cambio. Con el tono escueto y simple que la caracteriza, solo tiene una clave mágica para haberlo alcanzado: “amo lo que hago, amo mi trabajo”. Reconoce que si no hubiera sido modelo probablemente estaría trabajando en un bar. Quizá todo se limite a esa pasión a la que da rienda suelta con férrea disciplina. O tal vez el misterio de su encanto atemporal se deba a algo que Mario Testino vaticinó hace mucho. Cuando Kate tenía 16 años y la vio desfilar por primera vez él se lo explicó: “en la vida hay perfumes y hay colonias. Debes ponerte una colonia cada quince minutos para sentir su olor. Del perfume solo te pones unas cuantas gotas y su fragancia perdura toda la noche. Tú eres un perfume”.

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