
Barranquilla, la otra capital
Por Redacción Fucsia
En la Barranquilla donde crecí, el que decidía si había colegio era el arroyo. Caía el aguacero, la calle se volvía río y nos quedábamos en la casa, sin que a nadie le pareciera raro.
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Por Martha Abdallah Pastrana - Club Indómitas
Era la única ciudad del país con señales de tránsito para avisar que por ahí bajaba el agua, la misma que se llevó a unas noventa personas desde 1933.
A Barranquilla nadie la fundó. Se fue armando con los que llegaban y se quedaban: alemanes y barranquilleros que en 1919 fundaron la primera aerolínea del continente, sirios y libaneses que bajaron en Puerto Colombia con una maleta y abrieron un almacén, familias judías como la de Ernesto Cortissoz, que hoy le da el nombre al aeropuerto. Nos decían la Puerta de Oro de Colombia, con tren desde 1871 y un muelle que fue el tercero más largo del mundo. Fuimos también una mesa de bar. Un catalán que había leído todos los libros, Ramón Vinyes, sentó en ella a Cepeda Samudio, a Alfonso Fuenmayor, al pintor Obregón y a un muchacho que trabajaba de periodista y se llamaba García Márquez, que años después llamó a esta ciudad Macondo urbanizado. Después nos quedamos atrás y a mi generación le tocó esa parte.
Pero uno de niño no sabe qué parte le tocó. Mi mundo medía pocas cuadras: El Golf, el parque con su Cristo de hierro, el softball con los del barrio. Los domingos nos íbamos a Salgar o a Puerto Velero, varias familias juntas, y mi mamá, que vivía cuidándonos del sol, no nos dejaba entrar al mar después del almuerzo porque nos podía dar algo.
En carnavales mis papás se iban a bailar al Hotel del Prado. A nosotros nos metían en la comparsa infantil del club, y desde enero estábamos ensayando para llegar bien acompasados a la presentación con la reina infantil. Pero lo increíble era el martes, cuando se muere Joselito. Teníamos un mico de peluche gigante, casi del tamaño de mi hermana, que hacía de difunto. Lo vestíamos, nos disfrazábamos de deudos y salíamos a llorarlo de casa en casa, y los vecinos nos daban monedas para el entierro. Era nuestro Halloween costeño, y el mismo mico volvía a salir el primero de noviembre, cuando íbamos cantando «ángeles somos, del cielo venimos». La tradición manda que esa plata termine en un sancocho. La nuestra terminaba, las dos veces, en Pizza Hot, con ‘o’, que no era la cadena gringa.

De vez en cuando llegaba el mundo. El viernes en que García Márquez recibió el Nobel me tocó la izada de bandera. Meses después vino Menudo, se hospedó en el Apartahotel El Golf y la cuadra se llenó de niñas chillando. Yo no era tan fanática, pero semejante acontecimiento había que presenciarlo. Fuimos a ver al Papa a la Plaza de la Paz, que la ciudad levantó para recibirlo. No siempre llegaba de fiesta. Una noche estábamos todos en el parque cuando mi papá salió gritando que nos devolviéramos, que había pasado algo terrible en Bogotá. Habían matado a Rodrigo Lara Bonilla.
Ya adolescente, lo espectacular era el Festival de Orquestas en el Suri Salcedo. Sonaba «agua, yo quiero agua»; todo el mundo empezaba a mojar al vecino y aquello era una locura. Ahí entendí al Joe, que nació en Cartagena, cantó «En Barranquilla me quedo» y cumplió. Aquí uno llega y se queda. Y la música no se fue con él: Beéle, que nació aquí, le puso nombre a lo imposible con «Barranquilla bajo cero», y Aria Vega llegó al Latin Grammy con algo que ella misma llama costeñita core.
Barranquilla vivía de espaldas al río. El Magdalena quedaba ahí mismo, pero una paredilla a lo largo de la Vía 40 lo tapaba, y la ciénaga de Mallorquín servía de basurero. Me fui a Bogotá en 1992, cuando la empresa que iba a arreglar el acueducto llevaba un año creada y todavía no funcionaba. Salí, sin saberlo, un rato antes de que la ciudad empezara a componerse.

Y se compuso. A su ritmo, suave, con su propia cadencia, con la calma del Caribe, pero se compuso. Al río le abrieron paso y la gente fue a mirarlo como quien conoce por fin a un pariente del que le han hablado toda la vida. Hoy el Gran Malecón es el espacio público más visitado de Colombia. Gira despacio la Luna del Río, y en la orilla, en bronce, Shakira y la Toti le recuerdan a cualquiera que pase que de este puerto también se sale a conquistar el mundo. Los arroyos más bravos corren canalizados y donde estaba el basurero hay pasarelas de madera sobre la ciénaga. El Junior acaba de colgarse la undécima estrella, el Metropolitano se reconstruye para la final de la Sudamericana y en septiembre despegó el primer vuelo directo a Madrid. Hasta los zapatos de la realeza europea los diseña un barranquillero, Edgardo Osorio, el de Aquazzura. Fuimos la Puerta de Oro y ahora somos la Ventana al Mundo, que además es un monumento de vidrio en plena Circunvalar. Por primera vez desde que tengo memoria, lo mejor de Barranquilla no queda atrás.
Lo que nunca se fue es el carnaval, que la UNESCO declaró obra maestra del patrimonio de la humanidad en 2003 y que no lo hace ninguna obra. Lo hacen los que bordan los disfraces todo el año, los que tallan la marimonda, los que ensayan la cumbia en un patio de Barrio Abajo desde agosto. Lo hizo Esthercita Forero, que vio en Cuba un desfile de velas por la noche y en 1974 le regaló a la ciudad la Guacherna. Yo ya no vivo allá, pero voy seguido. He salido en la Guacherna, en la noche fresca, y sigue siendo una de las cosas más alucinantes que conozco. A la Batalla de Flores voy a bailarla o a verla desde los palcos, y cada año espero a ver quién es la reina, porque en Barranquilla eso es un asunto de Estado.
Yo cargo con la ciudad del Cristo de hierro, el mico difunto y unos papás bailando en el Prado, la que un viernes me puso a izar la bandera. Si va, no se quede en el Malecón. Camine Barrio Abajo, entre al Museo del Carnaval, siéntese en La Cueva donde todavía está la máquina de escribir de Cepeda, y búsquese un libro de Meira Delmar, la hija de libaneses que escribió desde aquí los versos de amor más serenos del Caribe. Esa es mi ciudad.
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