
Perdonar no es justificar
Por Redacción Fucsia
Durante años creí que perdonar significaba hacer las paces con quienes me habían herido. Descubrí que el verdadero perdón empezó el día que dejé de hacer las paces con todo aquello que me obligaba a traicionarme.
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Hay una frase que escuché tantas veces que terminé creyéndola sin cuestionarla. “Perdona y sigue adelante”. Sonaba sencilla, casi como una fórmula para dejar atrás el dolor. Durante años hice exactamente eso. Me repetía que debía comprender, justificar, minimizar lo ocurrido y demostrar que ya lo había superado. Pensaba que esa era la única forma de convertirme en una mujer madura. Sonreía cuando todavía me dolía, cambiaba de tema cuando alguien mencionaba aquello que me había roto y aprendí a responder “estoy bien” incluso cuando sentía que una parte de mí seguía atrapada en el mismo lugar.
Con el tiempo entendí que aquello no era paz. Era supervivencia.
Existe una diferencia enorme entre perdonar y aprender a vivir anestesiada. Durante mucho tiempo confundí el silencio con la sanación. Creía que, si dejaba de hablar de una herida, la herida desaparecería. Lo único que desaparecía era mi capacidad de reconocer cuánto seguía afectándome. El dolor no se iba. Solo aprendía a esconderse mejor.

Creo que muchas mujeres conocemos ese lugar. Nos enseñaron a ser comprensivas antes que sinceras con nosotras mismas. Aprendimos a buscar explicaciones para quien nos hirió antes de preguntarnos cuánto nos costó recoger los pedazos de lo que quedó. Nos preocupó más proteger la imagen del otro que proteger nuestro propio corazón. Poco a poco fuimos llamando paciencia a la resignación, fortaleza al silencio y amor a la costumbre de soportarlo todo.
No creo que lo hayamos hecho porque fuéramos débiles. Lo hicimos porque nos enseñaron que una buena mujer siempre encuentra una razón para quedarse. Que una buena mujer entiende antes de juzgar. Que una buena mujer da una oportunidad más. El problema aparece cuando, en nombre de esas ideas, empezamos a justificar aquello que nunca debió formar parte de nuestra historia.
Yo también lo hice.
Justifiqué palabras que me hicieron dudar de mi valor. Justifiqué ausencias diciendo que todos atravesamos momentos difíciles. Justifiqué indiferencias porque me resultaba menos doloroso inventar una explicación que aceptar una verdad. Y, mientras buscaba razones para comprender a los demás, dejé de preguntarme por qué nadie parecía interesado en comprenderme a mí.

Ese fue el día en que empecé a perderme.
No ocurrió de golpe. Nadie deja de elegirse en una sola decisión. Sucede poco a poco. Renunciamos a decir lo que sentimos para evitar una discusión. Aceptamos lo que nos incomoda para no decepcionar. Bajamos el volumen de nuestra voz para que otros no tengan que revisar la suya. Cuando queremos reaccionar, llevamos demasiado tiempo viviendo una vida construida alrededor de las necesidades de todos, menos las nuestras.
Entonces llega una pregunta incómoda.
¿En qué momento empecé a creer que quererme significaba querer menos a los demás?
A mí esa pregunta me cambió la vida.
Porque entendí que el perdón nunca me pidió justificar lo que me hizo daño. Nunca me pidió convertir una herida en un malentendido ni una traición en una simple equivocación. El perdón no exige borrar la memoria, fingir que nada ocurrió o volver a abrir una puerta que ya aprendimos, con mucho dolor, por qué necesitábamos cerrar.
Perdonar no es justificar.
Justificar significa restarle importancia a aquello que nos rompió. Es convencernos de que exageramos, de que no fue para tanto o de que deberíamos sentirnos culpables por seguir hablando de ello. Justificar es mirar nuestra historia con los ojos de quien nos lastimó y no con los nuestros.
Perdonar es otra cosa.
Es reconocer el daño sin permitir que ese daño siga decidiendo quiénes somos. Es dejar de despertar cada mañana cargando una conversación que terminó hace años. Es dejar de entregar nuestro presente a un pasado que ya no tiene derecho a gobernarlo.
Lo más difícil no fue perdonar a quienes me hirieron.
Lo más difícil fue perdonarme a mí.

Perdonarme por todas las veces que me quedé cuando ya sabía que debía irme. Por haber confundido amor con sacrificio. Por haber esperado cambios que nunca llegaron. Por haber puesto tanta energía en salvar relaciones mientras abandonaba la relación más importante de mi vida: la que tenía conmigo.
Ese fue el perdón que realmente me transformó.
Hoy sigo creyendo en el perdón. Pero ya no creo en un perdón que exige silencio, resignación o nuevas oportunidades a cualquier precio. Creo en un perdón que devuelve la libertad sin exigir que olvidemos lo vivido. En un perdón que nos permite recordar sin volver a rompernos. En un perdón que no cambia el pasado, pero sí cambia la forma en que elegimos vivir después de él.
Si hoy pudiera sentarme frente a una mujer que siente culpa por poner un límite, no le diría que olvide. Le diría que deje de confundirse. Que recuerde que proteger su paz nunca será un acto de egoísmo. Que cerrar una puerta no convierte a nadie en una mala persona. Y que el perdón más profundo no siempre consiste en reconciliarse con quien nos hirió. Muchas veces consiste en reconciliarse con esa mujer que durante demasiado tiempo creyó que tenía que romperse para demostrar cuánto sabía amar.
Porque el día que entendí que perdonar no era justificar, dejé de buscar respuestas en quienes nunca supieron cuidar de mí y empecé, por fin, a encontrar la paz en la única mujer a la que no podía seguir abandonando: a mí misma.




