
Soltar es sanar
Por Redacción Fucsia
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Por: Zaidy Mora - Club Indómitas
Hay despedidas que nadie ve. Son las que ocurren por dentro y cambian una vida para siempre.
Hay una pregunta que me ha acompañado durante los últimos años y que siempre termina encontrando la manera de incomodarme: ¿por qué nos cuesta tanto soltar?
Durante mucho tiempo estuve convencida de que la respuesta era el amor. Pensaba que seguía aferrada a ciertas personas porque todavía las quería, que algunos proyectos seguían ocupando espacio en mi vida porque aún creía en ellos y que el tiempo terminaría haciendo el trabajo que yo no era capaz de hacer. Esperé durante años ese día en el que el dolor desapareciera por sí solo. Imaginé que despertaría una mañana sintiendo que todo había quedado atrás.
Ese día nunca llegó.
Lo que sí llegó fue una verdad que al principio me dolió aceptar. Descubrí que no estaba aferrada a las personas. Estaba aferrada a la mujer que había aprendido a ser para no perderlas.
Y esa diferencia cambió mi manera de mirar la vida.

Muchas veces creemos que nos cuesta cerrar una relación, despedir un sueño o aceptar un fracaso. En realidad, lo que nos cuesta es renunciar a la identidad que construimos alrededor de esas historias. Nos acostumbramos tanto a vivir desde una herida que terminamos creyendo que esa herida también es nuestro nombre.
Durante años fui esa mujer que resolvía todo. La que encontraba una respuesta para los problemas de los demás mientras aplazaba los propios. La que sonreía cuando estaba agotada porque pensaba que mostrarse vulnerable era una forma de debilidad.

Desde afuera, mi vida parecía estar en orden. Cumplía con mis responsabilidades, respondía a las expectativas y seguía adelante. Nadie habría imaginado que por dentro llevaba demasiado tiempo sintiéndome lejos de mí.
Eso es lo más silencioso del desgaste emocional. No siempre llega acompañado de una crisis. A veces aparece de forma tan lenta que aprendemos a convivir con él. Dejamos de hacer aquello que nos hacía felices, normalizamos el cansancio, callamos para evitar conflictos y empezamos a confundir la paz con la resignación. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir y comenzamos únicamente a resistir.




