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46 años de infancia, gratitud y memoria colectiva
Más allá de la moda, la historia de OFFCORSS refleja cómo una marca colombiana ha tejido vínculos entre generaciones, dejando un legado de creatividad, empleo digno y visión de futuro.

Celebrar 46 años no es simplemente mirar hacia atrás en el tiempo, sino reconocer cómo una marca ha sabido tejer un relato que va más allá de la moda infantil. En el caso de OFFCORSS, la historia se cuenta a través de la gratitud: gratitud hacia las familias que han vestido a sus hijos con ilusión generación tras generación, hacia los niños que inspiran con su mirada fresca, y hacia los aliados que han convertido cada diseño en una prenda que guarda memorias de infancia.
En estas más de cuatro décadas, la compañía ha logrado expandir su voz a más de 22 mercados internacionales, mantenerse como referente en Colombia y acompañar a millones de familias desde la cercanía de lo digital y lo físico. Sin embargo, lo que verdaderamente sostiene este camino no son las cifras, sino la manera en que se ha cultivado una red de talleres, colaboradores y comunidades que encuentran en la moda una forma de dignificar el trabajo y de transmitir identidad cultural.

El mensaje de Yanet Londoño, su CEO, lo resume con claridad: la gratitud es una medida del éxito. Esta mirada propone entender la trayectoria de la marca como un ejercicio de memoria colectiva, donde cada prenda, cada pasarela y cada innovación tecnológica están atravesadas por el reconocimiento a quienes han hecho posible que la infancia sea el centro. La marca celebra no desde la acumulación de logros, sino desde la conciencia de que la confianza depositada por tantos ha permitido que la creatividad no se detenga.

Así, más que un aniversario, estos 46 años son un recordatorio de que la moda infantil puede tener propósito. La sostenibilidad, el apoyo a la producción nacional y la apuesta por el empleo digno se convierten en parte de un legado que mira al futuro sin olvidar de dónde viene. Porque detrás de cada costura hay historias compartidas, aprendizajes colectivos y la certeza de que vestir la infancia es, en realidad, un acto de esperanza.