Con apoyo del IDRD, creció siendo una niña imposible de detener. Esa energía la ha llevado a ser referente del patinaje colombiano y campeona del mundo, transformando su feroz disciplina en un soporte, incluso cuando la vida golpea fuera de la pista.
‘Gaviota’, como le dicen quienes la conocen, convierte caídas en impulso y dudas en motor. No hay una forma más acertada para describirla.
En la pista de patinaje del PRD El Salitre, el aire de Bogotá se siente más ligero, aun cargado de esa mezcla particular de frío andino y el olor a fricción de caucho sobre asfalto. Allí, donde la mayoría solo ve una pista de entrenamiento, Gabriela Rueda ha construido su catedral. Observarla en movimiento es entender la ingeniería de la precisión: cada zancada es un cálculo perfecto de fuerza y aerodinámica que la ha mantenido en la cima del ranking mundial desde 2022. Pero hoy, sentada al borde de esa misma pista, la armadura de la atleta cede ante la mujer que, a sus 25 años, ha tenido que procesar la gloria de los títulos mundiales mientras asimila la ausencia de su padre.
Gabriela no es solo una niña hiperactiva del Club Tequendama que terminó conquistando Buenos Aires con el primer oro olímpico juvenil para su disciplina; es una sobreviviente de su propia exigencia. Entre jornadas triples que comienzan antes de que salga el sol y el ritual doméstico de pasear a Rotem y Gigi —sus mascotas—, ha entendido que su cuerpo es un diamante que responde solo cuando la mente está en paz. Y en un deporte y entorno donde la gente espera que siempre se esté al 100 %, ella se ha atrevido a confesar sus vulnerabilidades.
Esa dualidad es la que define su momento actual. Mientras proyecta su futuro hacia el hielo o el ciclismo de pista, buscando ese reto que el asfalto ya parece haberle entregado por completo, Gabriela reflexiona sobre el legado de “berraquera” heredado de su madre santandereana. Además, su mirada no es la de alguien que mira hacia atrás con nostalgia, sino la de quien analiza el próximo obstáculo con la serenidad de quien ya sabe cómo levantarse. Para FUCSIA, la mujer detrás de la velocidad nos habló del peso de ser referente, del valor de la imperfección y de la búsqueda incesante de la felicidad más allá del podio.
Bueno, yo de chiquita era demasiado hiperactiva, entonces en la cuadra en donde vivía con mis padres salía a patinar de vez en cuando, me gustaba bastante. Después dijeron: esa energía tenemos que explotársela en algún deporte. Todo empezó por ahí. Mi hermana y el esposo de mi hermana tenían un contacto en patinaje y se lo brindaron a mis padres. Y así empecé en el Club Deportivo Tequendama, que es en el que he estado toda mi vida, toda mi carrera deportiva. Era solamente por hobby al inicio, porque me encantaba patinar, para gastar la energía, pero nunca creí llegar hasta donde he llegado.
La semana varía. Almuerzo aquí en el PRD con el apoyo de alimentación del IDRD, así que la alimentación no me ha preocupado. Pero para desayunar casi no me gusta algo muy fuerte: unos huevitos con pan o con arepa, y ya porque quiero llegar rápido a los entrenos. Los martes y jueves hacemos bicicleta, y los lunes, miércoles y viernes hacemos patín de 6 a.m. a 8 a.m. De 8.30 a 10:30 de la mañana hacemos gimnasio, entonces esos días hacemos triple jornada que es patines, gimnasio y volvemos a entrenar a las 3 p.m., de 3 a 5 p.m., patines.
Sí, total. Cuando empecé a ser buena, estaban saliendo los Olímpicos Juveniles en el patinaje. Nunca hemos ido a unos Juegos Olímpicos de Verano, entonces me propuse con mi entrenador y mi familia ser la primera patinadora en ir a unos Olímpicos, así fueran juveniles, pero del patinaje de carreras. Y cuando cumplí ese sueño que todo patinador quiere y que esperamos que en algún momento estemos incluidos en los olímpicos de verano, gané la medalla de oro en Buenos Aires, todo cambió. Si fui la mejor del mundo en juveniles, la meta siguiente era ser la mejor del mundo en categoría mayores, que es lo más top en el patinaje. Y lo que te digo: desde 2022 llevo siendo la mejor patinadora del mundo. Cada año me inspiro a cumplir una meta nueva, eso es lo que me mantiene año tras año. Porque no me llama la atención ser 40 veces campeona del mundo — me llama el reto. Cuando ya no hay reto, digo: ¿y ahora qué? Entonces voy paso a paso, mes por mes, carrera a carrera. A ver qué nos trae este 2026.
He tenido varios momentos difíciles, pero pienso que son más los momentos de felicidad y de bendiciones que Dios me ha regalado durante todo este proceso; ya son 18 años en el patinaje. Pero sí he pasado cosas muy fuertes y me he sentido vulnerable. El año antepasado, en diciembre, murió mi papá. Y tuve que ir a correr una carrera a los dos días después de que él falleciera. Fue una prueba que me puso la vida y una muy fuerte. Jamás pensé estar en esa posición, uno nunca piensa que eso suceda. No sé de dónde saqué las fuerzas, la valentía, cómo hice para estar ahí parada en una línea de salida. El simple hecho de montarme al avión e ir a correr ya decía mucho porque yo ahí estaba en uno de mis momentos más tristes.
La verdad, sí. Creo que en mis mejores años deportivos lo he pensado. Todos los años como que me da una crisis existencial: diciendo que estoy muy cansada, ya no estoy rindiendo igual. Mantener el ritmo en el patinaje es demasiado difícil porque la gente siempre espera que uno esté al cien por ciento. Y creo que lo he logrado, pero el cuerpo se cansa, el cuerpo tiene memoria — eso a veces me funciona a favor, pero también necesita que lo escuche, que lo cuide. Entonces sí he tenido mis días en que digo: no, no quiero patinar más. Pero el amor y la pasión que siento por el patinaje están más allá del cansancio. Mi cuerpo es increíble, te lo juro — es un diamante literal, responde a todos los entrenos. Llega un punto en el que a veces puede fallar solo un poquito más la mente. Y lo que la mente recibe, el cuerpo lo recibe también. Pero cuando me propongo algo y mi cabeza está al cien, mi cuerpo está al cien igual.
Te cuento que a nivel nacional e internacional, nosotras en Colombia somos como mujeres maravillas en el patinaje. Estamos acostumbradas a entrenar con hombres y eso no nos importa: queremos estar a la par. Es obvio que genéticamente ellos tienen un plus, pero nosotras intentamos estar a la par, intentamos sobresalir en varios deportes, y lo logramos, aquí estamos en igualdad de condiciones. A veces los hombres dicen “no nos podemos dejar ganar de las mujeres” y nosotras ahí más le metemos. A veces les ganamos y ellos se motivan, nosotras también. Entonces corremos las mismas pruebas, vamos juntos al Mundial, los que tienen apoyos ganan por igual. No pasa que los hombres ganen más o menos, y eso es algo muy bacano del patinaje porque todos estamos en igualdad de condición.
Nunca las he visto mal. Tras los momentos complejos, siempre digo que algo está pasando por alguna razón, que me estoy aterrizando, que me estoy volviendo más fuerte cada vez. Me considero una mujer que entre más obstáculos me ponga la vida, me levanto con más ganas de pasar ese obstáculo, con más berraquera. Y eso no es solo mío, de por sí pienso que nosotros los colombianos somos echados pa’lante, somos guerreritos. También mi mamá es una mujer demasiado berraca, demasiado echada pa’lante, y eso me lo enseñó desde niña. Así somos todas las mujeres de la familia y me ha ayudado a alcanzar lo que hoy tengo.
En realidad soy súper relajada con la alimentación. Para eventos muy importantes le bajo un poquito a las carnes rojas porque tienen una digestión más lenta, pero... ¡es que amo las carnes rojas! Me encanta la carne. Entonces intento no pararle bolas y con que mi cuerpo y yo mentalmente nos sintamos bien, todo es perfecto. Ah, y el sushi también me fascina. Pero cuando llevo mucho tiempo viajando afuera, lo que quiero es llegar a comerme un sancochito, un arroz con pollo sudado, delicioso. Todas las comidas típicas me encantan. Las hamburguesas y la pizza casi no —no soy tanto de eso.
Casi siempre me van a encontrar sacando a mis perritos. Tengo dos: un Bernés de la Montaña y una Pomerania, una niña. El Bernés se llama Rotem, que significa “rueda” en latín —sí, le puse Rueda al perro—, y la Pomerania se llama Gigi, que son mis iniciales: Gabriela Isabel. Después me baño, me arreglo, preparo comida para la cena y me acuesto tempranito para al otro día seguir con la rutina. No me gusta salir, prefiero ver películas y compartir en mi propia casa. Me encanta descansar y me gusta mucho darme tiempo para mí sola: ir a cenar sola, ir de compras, hacer el mercado. Ahorita en los ratos libres también estoy probando otros deportes: pádel, tenis, voleibol. Estoy disfrutando, disfrutando.
Wow, qué difícil. Depende de la razón por la que no volvería a patinar, pero creo que me encantaría quedarme en el deporte — yo nací para ser deportista. Dios me dio un talento y creo que lo podría aprovechar en cualquier otro ámbito. Como sea el panorama, estaría dispuesta a salir adelante en el deporte. También pienso que tengo que estudiar idiomas, inglés sobre todo, porque eso abre muchísimas puertas no solo en Colombia sino en todo el mundo. Pero lo mío es el deporte — me quedaría en el deporte y buscaría la manera de meterme a lo que sea, lo que el cuerpo me dé.
Gracias a Dios he cumplido absolutamente todo lo que me he propuesto. Todo lo que nos hemos propuesto, porque no es solamente mío, son muchas personas las que están detrás de todos mis sueños. En el patinaje de carreras creo que ya he cumplido todo, y si me llegase a retirar hoy estaría feliz y orgullosa de la mujer que soy y en la que me sigo convirtiendo. Pero me gustaría buscar una medalla de oro olímpica, sea en patinaje de hielo, que es olímpico y se parece un poco al nuestro de carreras, o quizás el ciclismo de pista, que me llama mucho la atención. Y personalmente quiero tener una familia, un hogar, dos hijos. Quiero ser feliz. Con eso, con mi familia y con tener siempre cerca a las personas que han estado conmigo en este proceso, sería una mujer demasiado completa.
Que el patinaje es un deporte demasiado hermoso. Yo de niña nunca pensé en ser la mejor patinadora del mundo: simplemente me dejé llevar, disfrutaba, amaba entrenar, amaba cansarme. Todo era amor. Para mí levantarme y no sentir las piernas era lo máximo. Nunca llegué a pensar en ser la mejor — simplemente seguí el proceso desde pequeña gracias a mi familia, es súper importante su apoyo en un deportista o en un niño, en mi caso fue fundamental. Tuve la fortuna de tener una mamá brava, santandereana, que si yo perdía alguna prueba, me daba miedo contarle. Mi padrastro es más tranquilo al corregirme. Mi mamá me decía en la madrugada: “Va a entrenar o me acuesto a dormir”. Gracias a ella soy lo que soy. Pero les digo a los papás — fíjense si su hija es realmente feliz en ese deporte, porque muchas veces los que más disfrutan y más presionan son los papás, y no se fijan si la niña de verdad es feliz. De ahí puede empezar una carrera exitosa o una carrera frustrada. Hagan lo que hagan, háganlo con muchísimo amor, con mucha disciplina y entrega, que la niña lo disfrute. Las caídas las tenemos todos — solo depende de nosotras cómo nos levantemos.
¡Qué pregunta tan linda! Creo que a uno lo recuerdan por los títulos, sí, eso tiene un peso grande. Pero más que eso, quiero que me recuerden por lo que pude enseñarles a las nuevas generaciones. El deporte acá en Bogotá ha crecido muchísimo desde que vieron mis resultados. Ahora vengo a entrenar y las niñas son súper aguerridas — no me voy a dejar ganar, no me voy a salir del entrenamiento. Y los niños chiquitos cuando se caen se levantan y siguen, y ponen mi ejemplo. Eso me hace pensar qué chévere cómo me ven. Y no te miento: cuando veo esta pista del Salitre en la que estamos sentadas ahorita, digo — sería increíble que tuviera un homenaje a mi nombre. Porque acá es donde día a día sufro al cien por ciento para tener cada uno de estos títulos. Me gustaría dejar una huella estampada en esta pista. Como mujer y como persona, espero dejar más cosas positivas que negativas — no soy perfecta, tengo mis errores, pero eso es lo que me propongo.