La diseñadora presentó su colección Primavera/Verano 2027 en la Maison de l’Amérique latine, una línea que explora la herencia cultural de la región a través del color, los estampados, los textiles y los gestos que han pasado de una generación a otra.
Johanna Ortiz eligió un escenario cargado de significado para presentar su colección Primavera-Verano 2027. El pasado 4 de octubre, y en el marco de Paris Fashion Week, la diseñadora caleña llevó su propuesta a la Maison de l’Amérique latine, un espacio creado en 1946 para estrechar los vínculos entre Latinoamérica y Francia. Entre los salones de dos hôtels particuliers del siglo XVIII y los jardines de la Rive Gauche, la colección encontró un lugar que dialoga directamente con su punto de partida: aquello que heredamos y decidimos seguir llevando con nosotros.
Para la diseñadora caleña, la herencia latinoamericana no aparece como una postal del pasado. La colección la entiende como algo vivo, presente en la manera de vestir, combinar colores, envolver el cuerpo y reconocer la belleza. La memoria aparece entonces como una forma de movimiento, una idea que atraviesa tanto las prendas como la construcción de sus siluetas.
Tres objetos colombianos marcaron el inicio del proceso creativo: el carriel de Jericó, la mochila wayuu y los canastos elaborados en palma de iraca en Nariño. Más que reproducirlos literalmente, Ortiz tomó de ellos su relación entre utilidad, belleza y conocimiento artesanal, pues son piezas que llevan consigo una historia y que, al transformarse con el tiempo, mantienen vivo aquello que representan.
De esta dea también partió la construcción de las prendas. La colección prende de la tela antes que de una silueta rígida; se recoge en la cintura, cae desde un hombro, envuelve el cuerpo o se libera al caminar. Los volúmenes amplios conviven con prendas ceñidas y generan una tensión que aporta sensualidad y movimiento. La ropa cambia con cada gesto, mientras la mujer permanece en el centro de la silueta.
El lenguaje visual de la colección encuentra otra referencia en la indumentaria maya y en la seguridad con la que combina rayas, cuadros, geometrías tejidas, bordados y colores intensos. Ortiz lleva esa libertad al universo de la casa, mezclando estampados entre sí y enfrentando geometrías con motivos florales.
El resultado conserva una de las características más reconocibles de su propuesta: una feminidad exuberante, sofisticada y profundamente ligada al color. La colección plantea que el exceso también puede ser equilibrado cuando nace de una sensibilidad cultural aprendida y no de una fórmula decorativa.
La colección suma dos colaboraciones que amplían esa conversación con la artesanía latinoamericana. Guanabana, fundada por Almudena Espinosa, creó una serie de bolsos tejidos a mano por artesanas wayuu en Colombia. Inspirados en la mochila tradicional, cada uno traduce los estampados y el lenguaje de Johanna Ortiz al tejido y, por su elaboración artesanal, ninguna pieza es igual a otra.
La segunda colaboración llega de la mano de la diseñadora paraguaya Mar Filártiga y su marca Mar, cuyas piezas tejidas, realizadas junto a artesanas y tejedoras locales, aportan movimiento y textura a los looks de la colección.
Con esta propuesta, Johanna Ortiz llevó a París una idea de identidad latinoamericana que no busca quedarse estática en la tradición. Su colección Primavera-Verano 2027 habla de lo que permanece, de aquello que se transforma con cada generación y de las historias que siguen encontrando una nueva forma de vestirse.