Una carta sobre el miedo, la alegría y todo lo que aprendí a tu lado.
Estás hecha para cosas grandes. Y la grandeza no siempre hace ruido.
Por: Paola Vanegas
Hay algo que quiero que sepas antes de que el mundo te cuente su versión: el miedo no es el enemigo. El miedo es la señal de que algo te importa de verdad. Y si hay algo que a tu lado aprendí, es que las cosas que más importan merecen hacerse con miedo y todo —porque eso significa que estás viva, que vas en serio, que no te da igual. Por eso, cada vez que sientas ese nudo en el estómago antes de hacer algo que te parece enorme, quiero que lo recuerdes: no es una señal para detenerte. Es una señal para ir.
Y desde ese lugar, donde las cosas importan, es que quiero escribirte hoy. No desde el papel de madre que cree tener todas las respuestas, sino desde el agradecimiento absoluto y real. Porque a tu lado sigo descubriendo lo que significa ser tu mama y aprendo cada día de la forma más amorosa —y eso cambió todo. Cambió la manera en que veo el tiempo, la manera en que entiendo el amor, la manera en que defino lo que vale la pena. A tu lado descubrí lo que significa para siempre. Que la vida es divertida. Que nos vemos más bonitos cuando la pasamos bien. Que la felicidad nunca fue complicada; solo que a veces la buscamos tan lejos que olvidamos mirar adentro.
“Naciste con el chip instalado: esa confianza en ti misma que a otros nos cuesta años de tropiezos aprender.”
Yo no crecí en un mundo de apariencias y me enseñaron a confiar en mí. Tú, en cambio, no tuviste que aprenderlo: llegaste con la seguridad que muchas personas adultas pasan toda la vida intentando construir. Reconoce esa virtud y cultívala con el tiempo. Sé también un poco testaruda - con lo que te apasiona, con lo que crees, con lo que sientes- . No la testarudez que cierra puertas, sino la que insiste en cambiar lo que no está bien; la que cree que desde una conversación incómoda, desde un acto cotidiano, desde el simple hecho de no conformarse, se puede transformar algo allá afuera.
Cuando esto pase, el mundo intentará convencerte de que debes suavizarte, reducirte, caber en moldes que no fueron hechos para ti. Va a ponerte límites que no pediste, expectativas que no escogiste, definiciones de éxito que no tienen nada que ver con quién eres. Y es justo ahí —cuando te pidan hacerte chiquita para que otros se sientan más cómodos— es cuando quiero que recuerdes esta carta- y que actúes desde el corazón, porque con el tiempo entenderás que desde ahí es la única forma en la que sabremos vivir. Y que para cambiar el mundo hay que atreverse a sentir.
Nos enseñaron que lo emocional es cosa de mujeres y algo débil. Pues entonces, que orgullo ser mujer. Lo que sientes es importante porque es la manera en que existes. Llora cuando tengas que llorar. Permítete ser vulnerable todas las veces que sea posible, porque así conservarás una mente curiosa y un corazón dispuesto.
El planeta -más que inteligencias artificiales perfectas —necesita personas profundamente sensibles, a las que no les sea indiferente el dolor ajeno y que además traten con cariño.
“Que la sed de transformarlo todo no se te apague aunque el mundo se resista.”
La identidad te hace única y es algo que se cuida todos los días. Es la decisión de elegirte, una y otra vez, incluso cuando es más fácil ceder. Es la capacidad de mirarte al espejo y reconocerte —no en quién te piden que seas, sino en quién sabes que eres. Habrá quienes reconozcan tu valor cuando te vean sentada al otro lado de la mesa, así como también te encontrarás con personas que llenarán tu vida de sentido.
Sé fiel a quién eres, a tus principios y valores. La gente puede dudar de lo que dices, pero jamás dudará de lo que haces, así que dale el sentido que quieres a tu vida, que tus logros no sean éxito individual sino horizonte colectivo — porque eso te hará extraordinaria y lo extraordinario no siempre hace ruido, así que cultiva tu paz interior y el amor por lo que hagas.
Mantente alegre —la alegría es un privilegio para inteligentes—. Mantente fuerte, que nada te quite la paz del corazón. Sé bondadosa siempre, con los demás y especialmente contigo misma. Recuerda que no hay que gritar fuerte para pisar duro. Que la amabilidad es una virtud que te abre puertas y que eres lo que cultivas cuando nadie te esta mirando.
Siempre estaré contigo. Si te sale bien, gírate —ahí estaré yo—. Si te sale mal, también —ahí estaré yo para abrazarte—. Porque eso no cambia. Ni cambiará.