Durante años pensé que mi curiosidad me llevaba de un camino a otro. Hoy entiendo que todos los caminos me estaban llevando al mismo lugar: a encontrarme conmigo misma.
Por: Mafe Alfonso - Club Indómitas
Durante años pensé que sabía perfectamente quién era.
Era la mamá.
La empresaria.
La esposa.
La estudiante.
La líder.
Podía nombrar cada uno de mis roles con absoluta claridad. Lo que no podía responder era una pregunta mucho más importante.
¿Quién soy cuando dejo de vivir para cumplir las expectativas de los demás?
Creo que muchas mujeres conocemos esa sensación.
Nos volvemos expertas en sostener. En resolver. En cuidar. En responder.
Aprendemos a ser exactamente la mujer que el mundo necesita hasta que un día descubrimos que sabemos quiénes esperan los demás que seamos, pero ya no sabemos quiénes somos cuando nadie nos está mirando.
Durante mucho tiempo pensé que mi vida era una sucesión de cambios de rumbo: las franquicias, la industria farmacéutica, las materias primas, el vidrio arquitectónico, la transformación digital, una maestría en España y la biología femenina.
Creía que era una mujer incapaz de quedarse quieta. Hoy entiendo que nunca estuve cambiando de dirección. Solo estaba buscando el mismo lugar desde caminos diferentes.
Mi curiosidad nunca fue una necesidad de aprender más. Fue una necesidad de comprenderme. Comprender el mundo para, algún día, comprenderme a mí misma.
Cruzar un océano para estudiar no fue solamente una decisión académica. Fue una conversación conmigo. Y también una promesa silenciosa para mis hijos: que nunca dejaran de perseguir aquello que los hace sentirse vivos.
Con el tiempo descubrí que esa búsqueda terminó llevándome a un lugar inesperado: la biología femenina.
Llegué creyendo que iba a estudiar hormonas, metabolismo, longevidad e inflamación. Y terminé entendiendo algo mucho más importante.
Durante siglos aprendimos a conocer nuestras responsabilidades antes que nuestro cuerpo. Sabemos cuidar a todos antes de saber escucharnos.
Sabemos producir. Resolver. Responder. Sostener.
Pero muy pocas aprendimos a detenernos para preguntarnos cómo estamos realmente.
Tal vez por eso tantas mujeres vivimos agotadas. No siempre porque hagamos demasiado. Muchas veces porque llevamos demasiado tiempo alejándonos de nosotras mismas.
Nos enseñaron a construir una vida que se viera bien. Muy pocas aprendimos a construir una vida que se sintiera realmente bien y que, además, fuera nuestra.
Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
Porque una vida puede verse perfecta y, aun así, sentirse vacía.
Durante años admiré a la mujer que podía con todo. Hoy admiro otra clase de fortaleza: la de la mujer que sabe detenerse, la que entiende que cuidarse no es egoísmo y la que deja de medir su valor por todo lo que soporta para empezar a medirlo por la coherencia con la que vive.
Con el tiempo entendí que el bienestar nunca fue una conversación sobre verse mejor. Es una conversación sobre vivir mejor.
Empieza el día en que dejamos de tratarnos como un proyecto que necesita ser corregido y comenzamos a mirarnos con curiosidad, respeto, amor y compasión.
Quizá esa sea la verdadera evolución.
No convertirnos en alguien diferente.
Sino dejar de abandonar partes de nosotras para sentir que pertenecemos.
Hace algunos años pensaba que mi tarea era descubrir quién era. Hoy creo que mi tarea es distinta.
Quiero abrir conversaciones que les recuerden a las mujeres que nunca nacimos para elegir una sola versión de nosotras mismas.
Podemos ser inteligentes y femeninas. Fuertes y vulnerables. Madres y empresarias. Líderes y aprendices. Espirituales y científicas. Ambiciosas y profundamente humanas.
Porque una mujer no se vuelve más auténtica cuando elimina partes de sí. Se vuelve más libre cuando deja de pedir permiso para existir.
Si esta columna logra que hoy una sola mujer deje de preguntarse qué espera el mundo de ella y empiece a preguntarse qué espera ella de su propia vida, entonces habrá cumplido su propósito.
Tal vez esa respuesta nunca esté completamente terminada.
La mía tampoco.
Y, por primera vez, eso ya no me preocupa.
Porque entendí que la mayor riqueza de una mujer no está en haber terminado de descubrirse. Está en tener el valor de seguir haciéndolo. De volver a preguntarse. De cambiar. De integrar todas las versiones de sí misma sin sentir que debe escoger entre ellas.
Porque la mujer que sigo descubriendo no es una versión nueva de mí.
Es la que siempre estuvo ahí.
Esperando que dejara de convertirme en quien el mundo necesitaba… Para empezar, por fin, a convertirme en quien realmente soy.
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Las opiniones expresadas en este espacio pertenecen exclusivamente a su autor y no reflejan necesariamente la postura editorial ni los valores de Revista Fucsia.