Gastronomía
El café tiene glamour
De unos años para acá, es un gusto observar cómo marcas colombianas participan de manera destacada en el mercado de productos de lujo. En muchos casos, compiten de tú a tú con marcas internacionales de gran trayectoria y, en ocasiones, se quedan con la preferencia de los compradores.
Es cierto: en Colombia nos damos gustos exclusivos en prendas, electrodomésticos, perfumería, licores, entre otros. Sin embargo, no resultaba habitual que el consumidor se brindase un lujo al tomarse un café, y menos aún pensando que este provenía de una finca en el campo colombiano. También es cierto que el café viene cambiando desde hace ya más de una década y genera una mayor atención entre extranjeros y nacionales, quienes preguntan por la variedad del grano, toman su bebida sin azúcar y hasta cuentan con accesorios de preparación cada vez más sofisticados en casa.
Pero resulta sorprendente que, para algunos privilegiados consumidores, su fuente de gratificación especial, enmarcada en un halo de exclusividad e incluso glamour, sea una taza de café. Pensemos en aquellos aspectos tan deseables —y no poco relevantes— que las marcas de glamour y exclusividad ofrecen a un consumidor.
Primero, por supuesto, una calidad superior que muchas veces resulta evidente; luego, una sensación de autogratificación y merecimiento; y, por último, un sentimiento de exclusividad y escasez. Pues es todo esto lo que encuentra un consumidor en una taza de San Alberto: un café que tiene mucho glamour. “Somos un privilegio íntimo”, como señala Juan Pablo Villota, cofundador de este café y el paladar detrás del sabor que, cosecha tras cosecha, ofrece la marca. Resulta interesante entender las particularidades que llevan al consumidor a experimentar estos códigos de valor de manera sui generis a través de San Alberto.
San Alberto es como uno de esos buenos vinos europeos, las marroquinerías italianas o los perfumes franceses: una particular mezcla entre artesanalidad y sofisticación. En este caso, desde el campo, en una hacienda cafetera en Buenavista, se transforma este producto en algo extraordinario. Hoy, su sabor y enorme consistencia lo han llevado a convertirse en el café más premiado de Colombia y quizá en el café más premiado del mundo. San Alberto se siente exclusivo desde su esencia. Es una hacienda con volúmenes limitados.
“No hay San Alberto para todo el mundo”, señala Gustavo Villota, cofundador de la marca y cabeza de mercadeo. Pero, además, existen enormes esfuerzos que brindan sustento a su promesa de calidad. Una labor llena de rigor es la que hay detrás de su obsesivo proceso de selección, al cual han denominado la Quíntuple Selección: una garantía de que solo los mejores granos de la hacienda pueden llegar a hacer parte de las bolsas de San Alberto.
Existe en San Alberto un respeto y un apego emocional a un terruño casi mágico: esas 40 hectáreas cerca del municipio más pequeño del Quindío. Ese contexto emocional y una tradición de más de 50 años imprimen un halo de misticismo alrededor de la marca.
Son hoy dos hermanos, Juan Pablo y Gustavo Villota, la tercera generación de esta familia, quienes tienen además sobre sus hombros el compromiso de transmitir un gran sabor y mantener el legado familiar. Pilares como la extrema rigurosidad y el apego a los detalles son valores innegociables para estos hermanos, quienes sienten tener entre sus manos la “realeza” del café.
Su propuesta, que ya completa 20 años, comprende hoy un portafolio icónico de café, encabezado por su versión ganadora de premios —la bolsa morada—, un ensamblaje que hace Juan Pablo entre las variedades que mejor se producen en la hacienda: Caturra y Castillo. A ella se suman un par de ediciones limitadas que invitan a explorar nuevos sabores producidos por la hacienda. Sin embargo, hay que contar con suerte para encontrarlas disponibles.
Además, cuentan con ocho templos cafeteros: lugares de culto, con rituales y un concepto tipo galería que busca generar una experiencia inmersiva y, a través de ella, llevar a un respeto sin igual hacia su producto. San Alberto no está llamado a ser una moda. Existe tras años de tradición y está llamado a quedarse y a transmitir ese glamour que tanta falta hacía en la categoría y que tanto bien le hace al país cafetero por excelencia: Colombia. La realeza del café tenía que venir de Colombia, y tiene mucho sentido que nazca de unos artesanos caficultores de una hacienda en las montañas del Quindío.

