Maria Dalmazzo

Disponible, en teoría

Por Redacción Fucsia

23/10/2026

Cómo la mensajería instantánea nos volvió urgentes por defecto… y culpables cuando no respondemos de inmediato.
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La mensajería instantánea nos regaló algo maravilloso: cercanía. Podemos acompañarnos mientras cocinamos, mandar audios confesionales en plena caminata, compartir pensamientos que aparecen entre dos semáforos, enviar fotos que hace 20 años habrían necesitado revelado y álbum, o sostener vínculos que en otra época habrían sobrevivido por carta.

Es una herramienta extraordinaria que nos recuerda, en cierta forma, que la vida también sucede en tiempo real. Pero junto con ese regalo vino algo más complejo.

Una especie de nuevo lenguaje social donde, sin darnos cuenta, todo parece urgente. Lo irónico es que, como ahora podemos enviar un mensaje de inmediato… entonces sentimos que debemos recibir una respuesta igual de inmediata.

Como si la velocidad fuera una nueva forma de afecto. Y claro, ahí empiezan los malentendidos más humanos del mundo. Quien escribe cree que el silencio es personal. Quien no responde, tal vez está abrumado, desplazándose, teniendo un mal día, o simplemente no tiene energía para abrir la conversación.

Maria Dalmazzo
Dalmazzo | Foto: Rey Tuk Studio

La ansiedad social, esa que poco reconocemos, se vuelve una realidad. La pausa natural de la vida se interpreta como desinterés. No es culpa de nadie; es más bien la dinámica de una herramienta que se nos fue de las manos.

Pasamos de escribir pensando con calma a escribir con prisa. De sentir antes de comunicar, a comunicar antes de sentir. Una coreografía emocional donde a veces respondemos más por reflejo que por conexión.

En lo personal, el verdadero bienestar está en no responder todavía. En dejar que el pensamiento madure. En permitir que el cuerpo llegue a donde está la cabeza. En recordar que la presencia no puede dividirse infinitamente.

Lo curioso es que esta mensajería que nos une tanto también puede sacarnos del momento presente. Estamos físicamente con alguien, pero mentalmente en otro chat. No estamos del todo aquí… pero tampoco del todo allá.

Una especie de limbo moderno que no es presencia, sino multitarea emocional.

Tal vez por eso pienso a veces en las cartas.

Lejos de la nostalgia romántica de “todo tiempo pasado fue mejor”, sino desde lo que ocurría dentro del cuerpo cuando uno escribía o leía. Había tiempo para respirar entre ideas, tiempo para que las palabras encontraran su forma, tiempo para que la emoción se decantara antes de ser compartida.

Hoy vivimos al revés: primero enviamos, luego procesamos. Y no, no se trata de renunciar a la tecnología (yo no sé si podría). Se trata de domesticarla un poco para que no anule nuestra calma interna, así como de recordar que la inmediatez no es una obligación afectiva.

De quitarle dramatismo al silencio digital y devolverle humanidad a la pausa, la preciosa pausa.

La mensajería instantánea es brillante para acortar distancias, para abrazar con la voz, para sostener rituales de cariño que de otra manera serían imposibles. Para lo que no sirve —al menos sin costarnos la salud mental— es para medir el amor por velocidad.

Creo que el mayor acto de rebeldía en el hoy es encender la presencia. Recordarnos que la vida no vibra ni es un ringtone, sino que sucede. Y aunque la mensajería instantánea nos resuelva mil cosas, nada —nada— reemplaza el lujo de mirar a alguien a los ojos en plena presencia.

No todos podemos apagar el teléfono durante horas. Hay trabajos que no lo permiten, familias que dependen de una llamada, vidas que necesitan esa disponibilidad. Y no, no estoy romantizando la desconexión, sino preguntándome si todavía existen espacios donde la atención plena nos pertenece.

Telecomunicaciones
Telecomunicaciones | Foto: Adobe Stock

Como tomar un café sin mirar la pantalla, cinco minutos antes de responder un mensaje, una conversación en la que elegimos mirar a los ojos en lugar de bajar la vista cada vez que vibra el bolsillo. Actos que parecen insignificantes, pero que le recuerdan al cerebro algo fundamental: sigo siendo yo quien decide dónde habita mi presencia.

No es un tema de fuerza de voluntad; nuestro cerebro no fue diseñado para cambiar de foco decenas de veces por minuto; cada interrupción tiene un costo cognitivo. No siempre lo sentimos en el momento, pero al final del día aparece como cansancio, irritabilidad o esa sensación extraña de haber estado ocupado todo el día sin sentir que realmente estuvimos presentes en ningún lado.

Donde está tu atención, está tu vida; no es una frase de autoayuda, es una realidad. La atención es una de las formas más tangibles que tenemos de amar. Cuando prestamos atención, habitamos. Cuando estamos completamente presentes con alguien, le estamos diciendo, sin palabras: “estoy aquí y me importas”, y lo mismo ocurre con nosotros mismos.

Por eso el bienestar no consiste en responder menos mensajes o desconectarnos, sino en preguntarnos: ¿Cuántas veces al día estoy realmente donde está mi cuerpo?, ¿Cuántas conversaciones vivo completas?, ¿Cuántos atardeceres miro sin pensar en tomar una foto para enviarle a alguien o en responderle a alguien?

Puede que el bienestar no empiece cuando apagamos el teléfono, sino cuando dejamos de abandonar el momento en el que ya estamos.

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