
El privilegio de no volver siendo la misma
Por Redacción Fucsia
Hay viajes que nos llevan lejos y libros que nos llevan adentro. En ambos, algo en nuestra mirada cambia para siempre.
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Por: Cris Palacio - Club Indómitas
Lo curioso de regresar de un viaje es la rapidez con la que todo vuelve a parecer normal. Deshago la maleta, reviso los mensajes pendientes y reconozco el ritmo de mi vida. Los compromisos siguen ahí y el lunes no tiene consideración especial por lo que una acaba de vivir. Sin embargo, a veces me descubro mirando lo conocido de una manera distinta. Como si hubiera regresado con algo que no cabía en el equipaje.
Con los libros me pasa algo parecido. Empiezo a leer por curiosidad, por placer o porque alguien me recomendó una historia, y de pronto encuentro una idea que me obliga a detenerme. Cierro el libro, sigo con mi día y, cuando menos lo espero, esa frase vuelve a aparecer. Tal vez mientras converso, tomo una decisión o intento comprender algo que antes habría juzgado demasiado rápido. Me gusta pensar que algunas lecturas siguen trabajando en nosotros mucho después de haber llegado a la última página.
Viajar y leer tienen ese parentesco; nos prestan, por un momento, otros ojos. Podemos recorrer lugares sin dejarnos tocar o terminar libros sin hacernos una sola pregunta. La diferencia está en la disposición a encontrarse con algo que contradiga, amplíe o simplemente desordene un poco lo que creemos saber.

Hay una parte del viaje que disfruto especialmente: volver a ser principiante. Después de años trabajando, liderando equipos y resolviendo problemas, resulta saludable llegar a un lugar donde no sé exactamente cómo funcionan las cosas. Tengo que observar antes de actuar, preguntar sin dar por hecho y prestar atención a detalles que en mi entorno habitual ni siquiera noto. Cada saludo, cada turno y cada desacuerdo cuentan algo sobre quienes viven allí.
Y luego está el idioma, ese magnífico recordatorio de que la seguridad personal no siempre viene acompañada del vocabulario necesario. Una puede tener una idea brillante en español y descubrir, en cuestión de segundos, que en otra lengua apenas consigue pedir una dirección sin confundir los verbos. Ahí toca escuchar más, escoger palabras sencillas y aceptar con sentido del humor que el mensaje quizá no saldrá tan elegante como lo habíamos imaginado. Y aun así la conexión ocurre: alguien ayuda, sonríe y nos entiende a medio camino.
Esas pequeñas escenas me interesan más que la obsesión por conocer todos los lugares recomendados. Me recuerdan que la inteligencia necesita humildad y que, sin controlar la conversación, prestamos esa atención que la rutina rara vez nos exige. Aprender otro idioma, incluso de manera imperfecta, nos coloca frente a la posibilidad de pensar y sentir en registros que antes no estaban a nuestro alcance.
Al conocer otras culturas, también empiezo a sospechar de una palabra que usamos con excesiva confianza: «normal». Hay sociedades en las que el tiempo personal se protege de otra manera, equipos que entienden la autoridad de forma distinta y personas para quienes la cercanía se expresa con gestos que a nosotros podrían parecernos fríos o demasiado efusivos. Prefiero preguntarme por qué algo evidente para mí resulta extraño para alguien más.
Como latina, valoro profundamente nuestra facilidad para crear vínculos, encontrar soluciones en medio de la incertidumbre y hacer espacio para una conversación incluso en los días difíciles. También veo cuánto podemos aprender de otras formas de organizarnos, de cuidar los límites y de convivir con lo público. En ese intercambio nadie tiene que salir perdiendo. Podemos admirar lo que encontramos afuera y regresar apreciando todavía más aquello que nos hace quienes somos.

Con la lectura sucede algo semejante, aunque el encuentro se produce en silencio. Un libro me permite entrar en una época que no viví, acercarme a una realidad que no conozco o acompañar a un personaje cuyas decisiones jamás habría tomado. Algunas historias me conmueven porque encuentro algo mío en ellas; otras me desconciertan, y esas suelen quedarse conmigo. Cuando un autor consigue que dude de una conclusión que parecía definitiva, siento que la lectura valió la pena.
Antes pensaba que la experiencia se notaba, sobre todo, en la cantidad de respuestas que uno podía ofrecer. Los años me han enseñado a apreciar otra habilidad: hacer preguntas mejores. Esto lo encuentro especialmente útil en el liderazgo. Cuando trabajamos con personas de edades, trayectorias y culturas distintas, es fácil interpretar un silencio como desinterés, una pregunta como resistencia o una manera diferente de trabajar como falta de compromiso. Pero detrás de una reacción puede haber códigos que desconocemos, y preguntar a tiempo cambia la conversación.
No pretendo decir que leer una novela o aprender a pedir un café en otro idioma nos convierta automáticamente en líderes más empáticos. Sería demasiado sencillo. Lo que sí creo es que ambas experiencias pueden entrenar una disposición valiosa: suspender por un instante nuestra interpretación para averiguar qué está viendo el otro. En mi vida profesional esa posibilidad tiene consecuencias muy concretas. Afecta la forma en que escuchamos, damos retroalimentación y tomamos decisiones que involucran a otras personas.
Hay, además, una parte de los viajes que difícilmente se explica con fotografías. Sucede cuando, lejos de la rutina, aparece un rato sin obligaciones inmediatas y puedo observar lo que me rodea sin estar pensando en la siguiente tarea. Entonces algunas preocupaciones recuperan su tamaño real. Otras siguen siendo importantes, claro, tienen la mala costumbre de viajar con nosotros sin haber comprado tiquete. Pero la distancia ayuda a distinguir entre lo urgente y lo que merece verdaderamente nuestra energía.
En esos momentos también encuentro espacio para mi espiritualidad. Mi fe en Dios está ligada a la gratitud por la diversidad de la vida: tantas personas habitando el mismo planeta y encontrando maneras diferentes de amar, celebrar, trabajar y buscar sentido. Me conmueve pensar que detrás de un idioma que no comprendo puede haber una preocupación muy parecida a la mía, una familia que se cuida, alguien que extraña su casa o una persona intentando comenzar de nuevo. Esa conciencia vuelve más pequeñas ciertas diferencias y más importante la forma en que tratamos a los demás.
Lo hermoso es que el viaje continúa cuando regresamos. Una conversación puede hacerme más paciente con una opinión distinta; una costumbre observada lejos puede ayudarme a revisar cómo organizo mis días; una lectura puede ofrecerme las palabras que necesitaba para nombrar algo que sentía. Los cambios suelen ser discretos. Los reconocemos tiempo después, al responder de otra manera frente a una situación conocida.

También he aprendido a no pedirle a cada experiencia una gran lección. Hay libros que simplemente entretienen y viajes en los que lo más valioso es descansar, reír, comer rico o caminar sin rumbo. La vida ya tiene suficientes indicadores de desempeño como para convertir las vacaciones y el placer de leer en otra evaluación de resultados. Disfrutar también es una forma legítima de estar presentes. Y muchas veces es precisamente cuando dejamos de exigir una enseñanza cuando algo inesperado nos toca.
A esta altura de mi vida me entusiasma pensar en todo lo que todavía no conozco. No lo digo desde la prisa por acumular destinos ni desde la obligación de terminar listas de lecturas. Me gusta imaginar las conversaciones que están por llegar, los autores que quizás me incomoden con una idea nueva y las ciudades en las que tendré que volver a preguntar, equivocarme y reírme de mí misma. Después de tantos años intentando hacer las cosas bien, encuentro una libertad especial en aceptar que aún puedo aprender a hacerlas de otra manera.
Quizás por eso me interesa menos regresar de un viaje con la respuesta a todas mis preguntas y más volver con una mirada un poco más amplia. La misma que me permita escuchar sin anticipar, reconocer belleza en lo diferente y ser agradecida con lo que tengo. Si un libro o una conversación consigue modificar apenas un gesto mío hacia otra persona, ya habrá dejado una huella que vale mucho más que cualquier recuerdo guardado en una maleta.
Al final, vuelvo a abrir la puerta de casa y encuentro mi vida esperando. Nada parece haber cambiado demasiado, hasta que algo cotidiano me da la oportunidad de mirar de nuevo. Entonces entiendo que el verdadero recuerdo de un viaje no siempre es lo que vimos, y que la mejor parte de un libro no necesariamente termina escrita en sus páginas. A veces lo que permanece es una forma más generosa de entender a los demás. Y esa es una manera muy bonita de no volver siendo la misma.




