Opinión

Lo que callamos las mamás

Paula Avila-Guillen, 8/3/2022

Columnista invitada Paula Avila-Guillen, directora del Women’s Equality Center y mamá de Ayan.

Portada Paula Avila-Guillen, columnista invitada Fucsia
Portada Paula Avila-Guillen, columnista invitada Fucsia - Foto: Copyright

Soy la mamá de Ayan, quien hoy tiene 17 meses. Antes de su feliz nacimiento, tuve una pérdida. Las que me leen y les ha pasado, saben que duele física y emocionalmente, sobre todo si es un embarazo deseado. Tener un aborto espontáneo es común en mujeres en edad reproductiva. Lo dice la ciencia, pero también los muchos mensajes que recibí de mis amigas y conocidas. Mi vacío se llenó de mensajes empáticos y de descargas emocionales de otras personas: “yo también pasé por eso”. Amigas cercanas, conocidas, cientos de historias que me hicieron sentir acompañada y, de paso, reivindicar a mi cuerpo porque yo no era la única.

Esto me hizo pensar en las tantas experiencias que pasamos las mujeres sin hablar de ellas. Una pérdida involuntaria no es culpa de nadie. Pero en el fondo, en nuestro subconsciente, pensamos que tal vez lo es. Así que este tema se vuelve vergonzoso, porque nos habla de que nuestro cuerpo ‘falló' y se ha vuelto parte de la lista de temas tabú que preferimos esconder debajo del tapete.

Cuando quedé embarazada después de la pérdida, aún con un embarazo tan anhelado y buscado, había días en que las incomodidades me ganaban. No sé por qué no quería contarle a nadie de las noches sin poder dormir por la misma barriga, la frustración de no poder comer por las agrieras permanentes, o el pánico que sentía de cómo me iba a cambiar la vida o de si habíamos tomado la decisión correcta al tener un hijo.

La maternidad me ha traído una felicidad infinita, pero también sé que no es fácil. No soy de idealizarla. De hecho, me molestan mucho las “maternidades de Disney” que nos intentan vender en anuncios publicitarios y en las redes sociales. Siento que es una positividad tóxica, porque la realidad es que no todo es color de rosa y generar estas expectativas solo hace que, cuando los desafíos llegan —y siempre llegan— las mujeres sintamos que fracasamos.

Tal como la publicidad de toallas higiénicas que nos pinta como seres de sangre azul, parecería que las mujeres sólo podemos ser dignas de ser tratadas como seres autónomos si estamos en la categoría de ser felices portadoras de vida, como una especie de virgen angelical que renuncia a su humanidad en pro de la vida que lleva y que, por supuesto, debe cuidar.

Pero en mi trabajo diario como defensora de los derechos humanos, tengo un duro llamado a la realidad que me recuerda que no todas las mujeres se embarazan queriendo, como fue mi caso esta vez. Muchas, por lo general las que no están en nuestro círculo de amigas —o quizás sí, pero de eso no se habla— quedan embarazadas producto de múltiples razones no planeadas: los anticonceptivos fallan, falta educación sexual (sí, incluso las mujeres adultas no siempre sabemos cómo funcionan estas cosas) o por situaciones de violencia.

Si para mí la maternidad deseada y amorosa no es fácil, no puedo alcanzar a imaginar lo que es ser mamá en medio de condiciones de pobreza, violencia y maltrato. Mi trabajo me ha dado un gran regalo: la capacidad de ponerme en el lugar de las millones de mujeres que no son privilegiadas como yo.

Es por esto que un punto crucial como abogada de los derechos humanos, siempre ha sido defender el derecho al aborto libre y seguro. Celebro como un gran paso adelante la decisión de la Corte Constitucional de despenalizarlo hasta la semana 24. Sin embargo, me quedé con un sabor amargo al ver que tantas mujeres en sus redes sociales se dedicaron a empañar la celebración de los pañuelos verdes para reemplazarla con rosarios acompañados de calificativos condenatorios y la promesa del infierno para las mujeres que abortan.

Entiendo que haya reacciones fuertes a un tema tan sensible. Y también entiendo que haya mucha ignorancia respecto a lo que esto significa, porque quizás este es el tema más tabú de todos. Pero lo que me cuesta trabajo entender, es la falta de empatía con la que hablamos y la facilidad con la que juzgamos, por lo menos públicamente.

Por eso quiero hablar de lo que no hablamos las mujeres. En los últimos días, en diferentes grupos en redes sociales, privados y públicos, muchas mujeres —la gran mayoría de forma anónima— comenzaron a contar las historias de sus abortos. Todas válidas, todas legítimas, todas reales. Porque despenalizar el derecho al aborto no significa promoverlo como método anticonceptivo, sino que crea una vía segura para un servicio de salud que ya es parte de la realidad de las mujeres. Además, nos confirma que el 90 % de los abortos ocurren en las primeras semanas del embarazo, que la mayoría de las mujeres que abortan ya son mamás, y que el margen de permitirlo hasta las 24 semanas es solamente para los casos excepcionales donde embarazos deseados encuentran la terrible noticia de que algo está mal, y que esta es la única salida para preservar la salud o vida.

También pienso que es hora de que nos creamos y confiemos entre mujeres. Confiemos en que nadie está esperando sentada hasta las 24 semanas para abortar. Que cada mujer está pasando por algo difícil y único, y que está tomando la mejor decisión que puede tomar en ese momento. Las mujeres que abortan no lo hacen como deporte. Siempre hay una historia detrás que las lleva a tomar una decisión que en la gran mayoría de los casos puede ser difícil, pero que aún así ellas consideran necesaria para su bienestar y proyecto de vida. Muchas de estas mujeres quizás no pueden tener un hijo en ese momento determinado, o ya tienen varios y por sus circunstancias particulares, no quieren otro. Tal vez no quieren ser madres nunca en la vida o prefieren serlo más adelante. Tal vez tener un hijo en ese momento les obligue a quedarse en una situación de violencia de la cual quisieran salir, pero la cual también callan. Las razones son infinitas, y aún más importante: no son problema de nadie más, mucho menos del Estado. Por eso, es indispensable entender que la Corte con su decisión no está promoviendo el aborto, está reconociendo el derecho que tenemos a decidir como seres autónomos, está dándonos la libertad de escoger lo que es mejor para nuestras vidas.

Según las estadísticas, una de cada cuatro mujeres ha tenido un aborto. Y aunque de eso jamás se habla por el “qué dirán”, lo más seguro es que tú conoces —y amas— a alguien que lo ha hecho. Y en el abismo sin fondo de las redes, tal vez tú misma la condenaste al infierno sin conocer su historia.

La Corte nos dio un voto de confianza porque cree en nuestro criterio para decidir lo mejor para nuestra vida. Las mujeres, en cambio, nos atacamos entre nosotras porque en esta sociedad nos han inculcado que no somos capaces y que no vamos a saber qué hacer con esta nueva libertad.

Hoy 8 de marzo, celebro que esta decisión haya abierto el debate para traer a la mesa algo más profundo: preguntarnos por qué enfocamos nuestros esfuerzos en juzgar y perpetuar la idea de que nos tienen que decir qué hacer con nuestra vida. En lugar de eso, deberíamos unirnos y devolver algo de esa responsabilidad al Estado y a los hombres (que también están involucrados en el embarazo) para tratar esto como un tema de salud pública con educación sexual integral, acceso gratuito a anticonceptivos, servicios de salud para llevar embarazos sanos e informados, apoyo a las nuevas maternidades deseadas y en caso de ser decidido por la mujer embarazada, aborto seguro para no morir.

Es hora de apropiarnos de nuestra autonomía, con empatía, sin esperar que se legisle sobre nuestro criterio, ni que los hombres se laven las manos en el papel que juegan en todo esto. Ya basta de escudarse en una moral machista que nos impone un castigo por tener derecho a las maternidades deseadas.

Es el momento de hablar sobre todos los temas que hemos guardado debajo del tapete para empezar a exigir espacios seguros dentro de la familia, en los colegios y otras instituciones para denunciar la violencia y los abusos sexuales que, muchas veces, llevan a tomar la decisión de abortar. Hoy la revolución de las mujeres debería enfocarse en, por fin y de una vez por todas, normalizar el hecho de creer en nosotras.

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