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“¿Quién quiere ser Gianluca Vacchi? Qué extenuante ser así, qué desgaste esa lujuria por la vida. Vivir a cien por hora las 24 horas del día es una demencia”.

Gianluca Vacchi se metió en nuestras vidas para quedarse. Podríamos pensar que va a ser un fenómeno pasajero y que en un año nadie lo va a recordar, pero con esto del internet ya nada se sabe. Lo mismo pasó con Kim Kardashian y Paris Hilton, famosas por no tener ningún talento, salvo mercadear su nombre (que igual no es poco). Creímos que serían flor de un día y una década después siguen dando lora.

Olvídense de si es millonario o está en bancarrota, de si anda con Ariadna Gutiérrez o tiene nueva novia, que eso a la larga es irrelevante. Vacchi descubrió el poder de las redes y supo explotarlo para pasar de empresario local a figura global. Ya no lidia con emprendimientos, fusiones y aburridas reuniones, sino con actores, reguetoneros y reinas. Todo él es un estereotipo, hasta el nombre. Un italiano pinta que se llame Gianluca es como ver a un mexicano vestido de mariachi o a un español llamado Manolo. No hay nada nuevo en él porque lo hemos visto una y otra vez, pero al mismo tiempo todo es sorprendente. Podrá ser europeo, tener plata, fama y mujeres, pero bien corroncho que es.

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Es más bien traqueto, siendo traqueto ya no la forma de ganarse la plata, sino de gastársela cuando hay abundancia. Y en Colombia gusta mucho lo traqueto, el lujo, el exceso, la exhibición. Vacchi debe ser de esos que no se mete a una piscina como la gente normal, sino que da tres saltos mortales en el trampolín mientras grita alguna bobada y al caer empapa a todo el mundo, y eso le parece de lo más chistoso y admirable.

Es un superhombre al que le sobra dinero y el sexo, un macho alfa en un mundo lleno de hombres frágiles, inseguros y fofos. Desparrama seguridad, demasiada para mi gusto, y además mentiras, me parece. Cuando hay tanto brillo, tanta escarcha, tanto despliegue, el contenido suele ser pobre. Los seres humanos del corriente, los que un martes en la mañana trabajamos en vez de andar en yate, tenemos las de perder con un tipo así, pero al mismo tiempo no queremos ser él. Es que es una puesta en escena titánica y las recompensas suelen ser banales.

¿De dónde le viene la fama? ¿En qué momento empezó a ser admirado y envidiado? ¿Qué nos fascina y por qué cada cosa que haga o deje de hacer es registrada por los medios y consumida por los lectores? ¿Quién querría esa vida? ¿Quién quiere ser Gianluca Vacchi? Qué extenuante ser así, qué desgaste esa lujuria por la vida. Despelucarse de vez en cuando no está mal, pero vivir a cien por hora las 24 horas del día es una demencia.

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Vacchi vive sin camisa, exhibiendo el cuerpo marcado de músculos y tatuajes, con barba cuidada y gafa de marco grueso en un verano eterno como si fuera un adolescente; la crisis de los cincuenta, tal vez. Y siempre está bronceado como si lo del cáncer de piel y los rayos UV no fuera con él. Y ojo que no hay nada de envidia en lo que digo. O de golpe sí, y lo que ocurre es que dentro de mí vive un tipo de ese corte que grita por salir. Lo malo es que la personalidad y la billetera no me dan para tanto. 

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