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¿Por qué nos encanta ser bullies virtuales?

Revista Fucsia

¿Por qué nos encanta ser bullies virtuales?

¿Es el anonimato que permiten las redes o es un tema de sacar nuestras frustraciones

¿Por qué cuando una persona se sale de la “norma”, cuando se atreve a hacer algo diferente y original y compartirlo con otros seres humanos, muchas veces es sometida al escarnio público y tildada de “loca” y “ridícula”?

 
  Esta fue la pregunta que nos hicimos luego de que pasara la tormenta por el rap que lanzó Beatriz  Fernández, fundadora de Crepes & Waffles, para responderle a la opinión pública –y en especial a los  medios de comunicación– sobre   la venta de su compañía.

 Si te perdiste nuestro editorial al respecto, lee "¡Dejen Cantar a la Mona! El Rap de Crepes & Waffles  o el Pecado de   Salirse de su Rol en Colombia"

 Minutos después de que el video de la entrevista realizada a la empresaria –seguida por la canción  compuesta por ella–        saliera al aire, las burlas, los memes y los ataques inundaron las redes sociales. Y si  bien se logró el objetivo de negar la “noticia” y que la respuesta fuera conocida, los comentarios en los  que se ridiculizaba y desvalorizaba, tanto a ella como a lo que estaba diciendo, no se hicieron  esperar. “Hizo el oso”, “se fumó algo”, “lunática” y cosas más subidas como que “el divorcio vuelve loca a  una mujer entrada en años. La plata no da clase ni estilo, bien puedes ser la dueña de una multinacional de  restaurantes y ser una hippie desorbitada y sin lógica...”, fueron algunos de ellos.

 

Otro ejemplo claro y contundente fueron las recientes fotos realizadas por la Revista Soho a Daneidy  Barrera Rojas,  alias Epa Colombia, que generaron una oleada de reacciones virtuales que parecieron  pasar de la burla al odio  descontrolado. Una mujer y su imagen en una revista movieron probablemente  más gente que la solidaridad virtual  provocada por una tragedia como la de Mocoa.

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 ¿Qué causa este tipo de reacciones?

 Si bien la idea es no generalizar, pues no todos actúan por las  mismas razones, nos dimos a la tarea de ir más allá y, con la ayuda de dos reconocidas psicólogas,  ahondar en lo que hay detrás de esto.

 1. Solo se avala la igualdad, no la diferencia

 “Me parece que este tipo de ataques tienden a presentarse en grupos predominantemente ‘narcisistas’, por  decirlo de alguna manera, donde cada quien se mira, se piensa y se protege a sí mismo, y para quien solo  vale su ‘igual’. Aquel que se percibe como diferente, o cuando alguien se sale de lo habitual, de la ‘norma’, del ‘deber ser’, amenaza, incomoda, pone en evidencia y nos obliga a ver y oír lo que no queremos.

Entonces, para proteger esa falsa sensación de normalidad, se suele atacar y agredir con alusiones a la locura, la falta de sentido, la ridiculez, la pérdida de estribos o el abuso de drogas o alcohol. Esto con el fin de desvalorizar a ese otro o al mensaje que pretende transmitir. Así, se sesga la capacidad de recepción de ese mensaje, que ya se ve (o se lee) con el comentario o las palabras del que lo comparte”, afirma Camila Morales Gutiérrez, magíster en psicología clínica y especialista en psicología forense.

 

“Ella tiene una intención muy clara de comunicar, pero como es una persona visible y lo hace de una manera no convencional, la vuelve más vulnerable; porque muchas personas se sienten con la libertad de opinar, criticar y juzgar, porque gracias a las redes sociales ahora muchos creen que tienen derecho a hacerlo”, asegura la psicóloga Lina María Saldarriaga.

2. Le tememos a lo que se sale de la norma

Según Camila Morales, salirse de la norma y ser diferente siempre ha asustado mucho a los seres humanos. “Como especie, históricamente vemos miles de casos en donde se condenó, se trató de enemigos, se tachó de locos o se aisló, a aquellos que intentaron ser o mostrar algo diferente. Y esto se da por varias razones: lo desconocido da mucho miedo y genera desconfianza, porque nos enfrentamos a una especie de vacío, a un no saber y eso no es agradable.

Por otro lado, porque tiende a mover cosas que tenemos por dentro, de las que no siempre somos conscientes (rivalidades, envidias, deseos, etc.). Y entonces, como mecanismo de defensa, en lugar de comprender por qué esto del otro me molesta, enoja o incomoda, lo exteriorizo hacia ese otro que entonces se vuelve mi caballo de batalla o mi bolsa de boxeo”.

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3. Creemos conocer la verdad

Para Morales, hoy se tiende a percibir las relaciones en las redes sociales como completas, complejas y verdaderas, sin que esto sea necesariamente así. “Muchos asumen que por ser aceptado por alguien en una red social ya se establece implícitamente una ‘amistad’ o una relación; se asume equivocadamente que ver unas fotos y leer los posts de una persona en Facebook, conlleva un conocimiento de la misma y esto impide ser capaz de comprender, por ejemplo, las sutilezas del lenguaje, o los sarcasmos o la ironía.

Solo estás viendo lo que ese otro te quiere mostrar y aún más allá, visto, leído y asumido por lo que cada uno tiene adentro. Y entonces, esta situación lleva a que, en ocasiones, nos sintamos con el conocimiento suficiente y, por ende, con el derecho de opinar, de criticar y de dar juicios de valor sobre lo que la otra persona comparte (o sobre la persona misma), en especial cuando no estamos de acuerdo con ella y, muchas veces, a que esos comentarios sean realmente hirientes e, incluso, agresivos”.

Cuando creemos conocer la verdad de esa persona, interpretamos libremente la información que ella ofrece sobre sí misma. “Mucho de lo que sucede con lo que leemos que escriben otras personas, tiene que ver con la interpretación de nuestro propio estado de ánimo o de lo que le atribuimos a esta, y no necesariamente de lo que está haciendo. Beatriz, tal vez, tuvo una serie de intenciones y todos los comentarios que se leen son una serie de interpretaciones y atribuciones que las personas hacen de su comportamiento. La reflexión sería entonces: pare un minuto, ¿quién le dijo que porque alguien dice o realiza algo tiene derecho a hacerlo?”, comenta Saldarriaga.

Otro punto es que no hay una revisión crítica de los contenidos que se comparten en las redes sociales. En internet no hay límites, cada quien puede escribir lo que quiera, decir lo primero que se le pase por la mente y presentarlo como verdad. Muchos no se toman el trabajo de verificar la fuente o la información, y comparten algo que ni siquiera han leído.

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4. Usamos la redes sociales sin reflexionar

La gente se siente con mayor libertad de opinar cuando usa las redes sociales, porque es posible que crean que lo que está en el dominio de lo público les pertenece”, dice Morales. “Esto me sorprende porque se supone que cuando uno escribe tiene tiempo de pensar, o al menos al escribir y releer uno esperaría que hubiese un momento de reflexión, pero es todo lo contrario: es como si se le diera vía libre a las emociones, sin ningún tipo de represión o mediación intelectual. Y uno a veces se encuentra con un nivel de agresividad tal, que se podría pensar (a veces lo siento así), que los puños se cambiaron por palabras. Se ha perdido mucho la noción de ética y de un comportamiento más moral y se han borrado los límites. ‘Yo tengo derecho a la libre expresión y por tanto puedo decir lo que quiera y de la manera que salga’; eso la gente lo ha malentendido”.

Asegura, además, que muchos usan las redes sociales para liberar su propia rabia y frustración, sin filtro. “Cuando encuentran una causa que los mueve desde adentro, se reacciona de inmediato, sin la mínima reflexión ni empatía. Simplemente opinan y no importa a quién puedan ofender o intentar destruir en el camino, pues se escudan tanto en el tema de lo público como en su derecho a la libre expresión. Nos está faltando preguntarnos por el otro y frenarnos en ese inmediatismo implícito de las redes sociales. Tenemos la obligación de pensar”.

5. Nos falta empatía

“Las nuevas interacciones que plantean las redes sociales –que antes teníamos cara a cara– son más fáciles. Y en estos momentos de polarización tan grande, empiezas a ver que burlarse y ser cruel pasa cada vez más seguido. La pregunta es: ¿Será que nos volvimos más malos, o qué pasaba hace veinte años cuando eso no lo decíamos?

Cuando puedes ver a una persona, frente a frente, observas su lenguaje corporal y si vas a decirle algo puedes pensar antes de hacerlo y conectarte con su emoción; igual podemos tener un problema, igual podemos discutir, pero hay unos filtros sociales que impiden que tu comportamiento se desboque hacia la completa agresión. Cuando estás sentado frente a un computador, no ves a la otra persona, no la conoces, pero tienes un lugar donde puedes expresar todas esas opiniones sin conectarte con ella; es mucho más fácil que esos filtros sociales, que existen en las interacciones uno a uno, no funcionen”, señala Saldarriaga.

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De ahí que la empatía (esa capacidad que tienen los seres humanos de ponerse en los zapatos del otro) no sea una percepción común en redes sociales. A veces, además, es sobrevalorada o al menos mal utilizada. “En ocasiones no encuentras una empatía real, que implica comprender la posición del otro, pero desde su lugar, no desde el propio.

Intentemos pensar en Beatriz para poderlo explicar: si pensáramos que uno conoce al artista a través de su obra, uno podría plantearse, por medio de Crepes & Waffles, que probablemente sus dueños son personas juiciosas, constantes, apasionadas por lo que hacen, que no le temen a lo novedoso y se dejan tocar por la diversidad, sin perder la esencia. En esto incluyo tanto la comida como el sentido estético. Es evidente que son personas a quienes la pregunta por lo social los ha llevado a generar acciones claras, dándole un espacio valioso y digno a la mujer madre y cabeza de hogar que hoy día constituye una parte indivisible de la marca. Desde este ‘análisis’ ultrarrápido y superficial, uno podría comprender (sin conocer a la persona), que alguien esté dispuesto a hacer lo que sea para proteger su creación. La atacaron no solo porque su mensaje era una crítica a la desinformación con la que juegan muchos medios que solo buscan picar la lengua y generar reacciones, sino porque, por dentro, le tenemos pavor a hacer el oso, a mostrarnos como somos, pero también, porque sentimos envidia de la libertad que muestra una persona que es capaz de hacerlo”, explica Morales.

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“Volviendo al tema de la empatía –continúa– los seres humanos siempre hemos tenido la tendencia a agruparnos y como tales, solemos defender a quienes sentimos ‘iguales’ y atacar o mantener a distancia a lo diferente, que implica, como ya lo mencionamos, una amenaza, incluso por encima de la razón y la reflexión misma. La capacidad de preocuparse por el otro implica aceptar que ese otro, cualquiera, es una persona completa, diferente, propia, que tiene los mismos deberes y derechos, sin excepción. Pero va aún más allá, y es aceptar que ese otro puede generar en mí reacciones de todo tipo: de odio, rabia, frustración, atracción, amor, envidia, en fin, y tener claro que esas reacciones son mías y que soy yo el único que debe hacerse cargo de ellas”, revela.

Lo más difícil es hacerle entender a la gente que más allá de la pantalla de su computador y del teclado con el que escriben lo que sienten en ese momento, hay personas que se van a ver afectadas. Le pasó a ella y le puede pasar a cualquier ser humano: como no hay esa conexión con la emoción, no hay esa consideración de consecuencias hacia más adelante”, concluye Saldarriaga.

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